Momentos de fútbol

Salió de casa a medianoche. Se vistió de corto y cruzó la puerta sin hacer ruido, como quien cruza el túnel de vestuarios pero a la inversa. Ya no era el de antes, ni mucho menos. El olvido hizo mella en sus recuerdos más esenciales. Comenzó encontrándose perdido en medio de la nada, desorientado, como quien se tele transporta a ninguna parte.

Otras veces, se despertaba sin reconocer a la persona que dormía a su lado, como tras una fiesta descontrolada. Incluso sus hijos y nietos se convirtieron en perfectos desconocidos a tiempo parcial. Menos mal que cada tarde veía la puesta de sol por primera vez en su vida y eso le llenaba. Los demás encajaron su deterioro reafirmando no ser nadie, o quizá siendo otra persona, lo que él quisiera. Buscaban a toda costa evitar un choque frontal entre ambas realidades, aunque ese choque reflejase un momento de lucidez. En ocasiones se enfadaba, pero quién era él para echarles nada en cara. ¿Quién era él? No lo recordaba.

Bajó las escaleras con lentitud, aferrándose a la fría y zigzagueante barandilla, como el niño que busca la mano de su padre para avanzar seguro dejando los miedos atrás, pero en soledad. Le alteró la presencia de un desconocido con el que se cruzó en el portal, a la altura del espejo. Ambos se miraron del mismo modo, por lo que hubo cierta complicidad. Fuera, al otro lado de la acera, una pareja se besaba con excesiva pasión. “Van a gastarse antes de tiempo”, afirmó mientras avanzaba por una ciudad irreconocible.

Un perro callejero, agazapado en una esquina,  miraba la luz que emanaba de la ventana del primero. La silueta de una mujer se contoneaba al ritmo de la música que salía de un viejo vinilo de importación. En su mano una copa de vino, el pelo recogido con una goma desgastada y sus pies descalzos, imaginaba el can medio enamorado, con la respiración agitada. Al doblar la esquina se enderezó la calle. Al fondo, un vacío llenó el horizonte y una sonrisa desbordó su cara. Fue entonces cuando aligeró el paso y con él, el palpitar de su débil corazón. 

A Sofía le despertaron los gritos desconsolados de una cama vacía que agonizaba. No era la primera vez que sucedía. Mateo, se levantaba con la noción del tiempo alterada. Ella soñaba con su ausencia y al despertar, la pesadilla de la soledad le azotaba en la cara. Eran las dos de la madrugada. Descolgó sin mirar, como por inercia, una bata sujeta tras la puerta y avanzó por el pasillo; la puerta de la calle estaba abierta. Se maldecía por estar presa en una realidad que la superaba. Cogió las llaves y un portazo sonó en el descansillo. Acto seguido, el botón del ascensor comenzó a parpadear en cada piso.

El banderín de córner ondeaba como en las noches europeas, cuando los partidos dejaban de ser fútbol y se convertían en un recuerdo que regateaba al olvido. Las gradas vacías emitían el eco sobrante de la hinchada que décadas atrás se dejaba la garganta, y parte del corazón, en cada canto. Los focos aún colgaban de la vieja estructura que cubría la grada lateral. El marcador ya no marcaba. La red de la portería estaba agujereada de tanto besar el cuero de balones que terminaban por decidir un partido. Y en el área chica, él. Vestido de corto, como en tantas ocasiones. Ya no era el de antes, en su casa se sentía visitante; aun así, acudía siempre que soñaba con alzar el vuelo y rozar el larguero con sus guantes. Fue internacional con su selección, titular en todos los diarios deportivos, premio zamora y capitán del equipo que le vió crecer. Nunca cambió de colores, fue fiel a su destino. No llegó a ser campeón, pero recuerda vagamente subcampeonatos que le hicieron sentirse orgulloso.

Dejó de lado el camino fácil, aquel que le impedía sentirse como un niño. El viento azotaba el descuidado cesped, formando pequeñas olas que rompían a sus pies. Mateo flexionaba las rodillas, separaba sus  brazos y extendía los dedos, como queriendo abrazar al recuerdo. Esperando decidido el momento de interceptar el paso del tiempo, bloquear el olvido y mandarlo fuera del estadio. Sofia contemplaba en silencio, desde la otra esquina. Emocionada, vencida y orgullosa de aquel choque de realidades. De nuevo un momento de lucidez volvió a colocarle bajo el travesaño que le transformó en un icono que jamás pasará al olvido.