Un monstruo viene a verme

Madre e hijo, protagonistas de 'Room'.

Mamá: Te va a encantar.
Jack: ¿Qué?
Mamá: El mundo.

Hay una época de la vida en la que uno no tiene noción de la realidad. Unos años en los que solo distingue buenos o malos en los dibujos animados o en los cuentos gore de Calleja. Un tiempo en el que uno cree que en la calle, como decía Summers, to el mundo es güeno. Ese tiempo, lamentablemente, dura poco y pronto la maldad y la crueldad humana se te abren de par en par ante tus ojos. Hay gente mala por naturaleza y otra a la que naturaleza vuelve mala.

Hay gente chunga inofensiva y gente de gesto cómplice que te descuartiza en el primer pestañeo. Hay monstruos que cotizan en Bolsa y monstruos de andar por casa; monstruos a golpe de decreto-ley y otros monstruos que son pobres diablos. Hay monstruos ficticios, imaginarios, creados por uno mismo o por mala gente para dar miedo; otros que son pavorosas criaturas de corbata, maletín y gomina, y otros que nacen así, simplemente monstruosos.

En Room, una perturbadora cinta irlandesa —sí, ya sé que es el adjetivo más repetido para definirla, pero es que realmente es así—, sufrimos con un par de estos monstruos anteriormente descritos. Como la protagonista, nos sentimos atrapados y encogidos ante esa bestia infecta que es el viejo Nick, pero también por ese demonio salido del averno que suele ser nuestro propio yo. Nuestra mente a veces puede torturarnos mucho más que cualquier despiadado acosador. El síndrome de Estocolmo puede llevarnos a votar una y otra vez por el mismo partido de la corrupción o a autoflagerlarnos con cosas que podríamos evitar pero que no evitamos.

En la película vemos ambos casos. Room tiene una bisagra en el centro de sus algo menos de 120 minutos de duración que separa a ambos monstruos, y tiene a una protagonista, la actriz Brie Larson, que recibió el Oscar por una monumental interpretación para distinguirlos. Uno es el captor que la raptó y la confinó a un zulo para hacerle todo tipo de vejaciones. Tan ambiguo, tan amable —véase el regalo por el quinto cumpleaños de Jack—, tan feroz y repulsivo. Y el otro es convivir con la brusca y traumática ruptura en falso con ese aciago pasado que, en cambio, la aislaba de los males del mundo y la dejaba volar en la imaginación de su hijo Jack, cuya habitación era el mundo entero. Si no han visto Room, obra de terror psicológico de Lenny Abrahamson, están tardando.

Protagonista de 'Deephan', de Audiard.
Protagonista de ‘Dheepan’, de Audiard.

De monstruos va también Dheepan, Palma de Oro en Cannes en 2015, un crudo relato de migrantes que arriban en el supuesto edén europeo. Firmada por Jacques Audiard, que nos dejó aquella formidable De óxido y hueso, el filme apunta con su linterna a ese monstruo de mirada acogedora y civilizada que esconde una galería de horrores en forma de marginalidad, exclusión, corrupción y xenofobia. Escapando de la guerra en Sri Lanka, un hombre, una mujer y un niña simulan ser una familia que huye del conflicto para asilarse en Francia. El duro proceso de adaptación tras llegar a Europa choca con la violencia y el descarrilamiento social en ese viejo continente supuestamente desarrollado. En ese contexto, de monstruos propios y extraños, los protagonistas son incapaces de exorcizar sus demonios como tampoco pueden dejar atrás del todo aquel escenario bélico del que huían.

Frente a ellos, la sociedad compra el discurso del monstruo de la inmigración masiva. “Vienen a por nuestros trabajos, no hacen por adaptarse”, son ‘el otro’. Una retahíla de mensajes que estrangulan como una hidra de siete cabezas hasta convertir en enemigos públicos número 1 a seres humanos que solo buscan un lugar donde vivir y trabajar dignamente y en paz. Como nosotros. Y entonces emerge del fondo del lago (llámese Mar Mediterráneo) el monstruo de la Europa rica e insolidaria. La de los nacionalismos y los Brexit. Otros monstruos con distintos collares. Monstruos que cada día vienen a vernos. Amenazantes, sedientos de que caigamos en su trampa y nos convirtamos en ellos, aunque solo sea por inacción o inanición.