Navidad

De las Navidades de cuando era pequeña recuerdo mis mofletes colorados porque la calefacción en casa de mi abuela Pepa estaba siempre altísima; las cenas alrededor de la mesa, cuando todavía estábamos todos; la ensaladilla rusa de mi madre, que aún hoy sigue siendo un plato que le pedimos que prepare en estas fechas; las sesiones al piano, después.

La incorporación de Papá Noel a mi paisaje navideño no se produjo hasta que llegó mi hermana. Desde entonces, todas las Nochebuenas, justo antes de salir a cenar a casa de mi abuela, mi madre tenía que subir a casa porque se había olvidado algo. “Qué pesada eres, mamá. Siempre se te olvida algo”. Al volver, debajo del árbol, había un regalo para cada uno.

Las Navidades eran papel de aluminio (que cada uno le ponga la marca que quiera), musgo y poliexpán para el belén. Eran ir el 28 de diciembre a la Plaza Mayor para comprar toda suerte de artilugios con los que atormentar a los mayores durante ese día de bromas. Cuántos “¡Ah! ¡Me he caído!”, con la cara llena de sangre artificial, tuvieron que aguantar…

Las Navidades eran decorar las ventanas de mi habitación con nieve artificial. “Menuda guarrería, hija. ¡Que luego hay que limpiarlo!”. Y poner mucho espumillón rojo y verde.

Eran doce uvas, peladas y sin pipas, puestas en un platito, frente a la tele, para ver La 1 (La Primera, entonces). Bueno, eran y son, porque hay cosas que no me apetece que cambien con los años y porque yo me atraganto si veo las uvas en otro canal y si no les quito las pipas.

Las Navidades eran somnolencia el día 1, por haberme acostado tarde la noche más corta del año; eran primeras copas tomadas en las primeras salidas nocturnas, después de la cena familiar, que marcaban el paso a la vida adulta, mientras mi hermana se quedaba en casa y yo cerraba la puerta con aires de suficiencia, pensando “Ya te tocará”. Y claro que te toca. Todo llega, aunque a veces parezca que no. Y te acabas cansando y volviendo a los orígenes, a esas cenas tranquilas y familiares; porque todo en la vida se repite y es lo que termina apeteciéndote con los años.

Eran vacaciones hasta el 8 de enero; maratón de compra de regalos; de esconderlos en casa de la vecina, para que no los encontrásemos antes de tiempo y alargar la sorpresa todo lo que se pudiera; eran ver la cabalgata desde casa, por la tele, y buscar, entre los muchos paquetes que portaban los camellos, el mío: el de “Shera y el Reino Mágico”, que nunca llegó, a pesar de las muchas cartas que escribí pidiéndoselo a los Reyes —”¿Sabes si lo tienen en Wallapop?”, preguntaré algún día, tumbada en un diván—; en cambio, sí me trajeron la Tricotosa, con la que lo único que conseguí tejer fue la frustración de no hacer ni una maldita bufanda.

Las Navidades eran preparar turrón y polvorones por la noche, para los Reyes, y agua, para los camellos. “¿Pero cómo no van a existir los Reyes? Nosotros dejamos una jarra con agua para los camellos y el agua aparece manchada, como si hubieran metido ahí los morros, a la mañana siguiente”. Sobre el descubrimiento de que mi madre y los Reyes compartían letra ya está todo dicho.

La noche del 5 de enero eran taquicardia, pies y manos fríos, de los nervios, y aguantar la respiración para poder escuchar el más mínimo ruido. Era calor, por taparme con la sábana hasta arriba, y saber que, por muchas cosas que escuchara, no iba a moverme de la cama.

Las Navidades eran, sobre todo, el día de Reyes, con aquellos sillones naranjas, de dudoso gusto, llenos de regalos, y los zapatos, de caramelos. Algún año hubo carbón. Dulce, claro, que yo era muy buena. Y siempre había tabaco, para mi abuela Meme. “Qué rácanos son estos Reyes, que sólo te traen tabaco, Meme”. Pero mi abuela sonreía, satisfecha. Desde luego, las Navidades de mi infancia no aprobaban hoy: azúcar, tabaco y hacer subir a los pobres camellos, por la fachada, hasta un cuarto piso.

El roscón, la taza de chocolate caliente y darme prisa en jugar con todo lo que me habían traído los Reyes, porque había que volver al colegio, marcaban el final de aquella época a la que le he perdido el gusto.

Si tuviera una máquina del tiempo, uno de los primeros viajes que haría sería a las Navidades de mi infancia.

Feliz Navidad.