Niños incorrectos

Vivíamos en un mundo donde la palabra subnormal era la de uso más corriente para referirse a personas con Síndrome de Down. Incluso había un día instituido, El día del Subnormal, para recoger fondos al estilo del Domund o del día de la banderita de la Cruz Roja. Las señoras mayores se referían a los niños de Síndrome de Down como ‘mongolitos’ porque los médicos que salían en la tele o entrevistaban en la radio usaban la palabra ‘mongólico’ para referirse a la minusvalía.

La introducción del diminutivo confería a la persona que lo utilizaba una sensibilidad extrema y por eso hablábamos de ‘negritos’ o ‘gitanillos’. No se pueden imaginar el impacto que tuvo la serie televisiva Raíces (1977) cuando se estrenó en España y nuestros conciudadanos se enteraron de lo que fue la esclavitud.

Yo mismo escuché muchas veces la palabra ‘cojito’ o ‘inválido’ para referirse a mí (fui ‘cojito’ muchos años). Incluso una señora, en la cafetería de El Corte Inglés de Generalísimo (En Madrid, las señoras y señores de bien siguen refiriéndose al Corte Inglés del Paseo de la Castellana como ‘El de Generalísimo’, pues ese fue el nombre que el paseo madrileño recibió tras el final de la Guerra Civil y mantuvo hasta el fin del franquismo, me miró y le comentó a las amigas: “Qué lindo y qué pena… menos mal que esta gente suele vivir poco y los padres dejan de sufrir”.

Aquellas cosas no me hacían muy feliz. Entiendo que a todos los demás ‘inválidos’, ‘cojitos’ y ‘mongolitos’ tampoco. Tampoco, entiendo, que el colectivo LGTBI fuera muy feliz cuando desde las catequesis se advertía a los niños de los ‘maricas’ y los ‘raritos’ que, normalmente, violaban niños y se vestían de mujer o de ‘esas mujeres vestidas como hombres que acechan en los baños públicos de las discotecas’ (esto se lo escuché yo a un cura que parecía completamente acojonado y, a la vez, fascinado por el asunto).

Vivir en los 80 era vivir en un ambiente dialécticamente homófobo y racista. No me gustaría sonar falsamente complaciente y decir que la cosa terminaba ahí porque solo había que leer las columnas de Fernando Vizcaíno Casas o Jaime Campmany que, durante años, fueron los graciosos oficiales de la prensa (desde medios ‘moderados’ como ABC o, directamente, desde cabeceras ultraderechistas como El Alcázar o Época) para darse cuenta de lo ultrajadas que se sentían estas personas cada vez que a alguien se le ocurría abrir un poco la ventana para que saliera el olor a carcundia. Campmany estuvo quejándose, casi hasta el día de su fallecimiento, de que se usara la palabra ‘gay’ y, de cuando en cuando, sacaba una columna ‘informativa’ con todos los sinónimos de la palabra ‘homosexual’: bujarrón, puto, cocinilla, barbilindo, manflorita… Le parecían al murciano más exactos, tradicionales y entrañables que el anglicismo ‘gay’. A costa de parecer políticamente incorrecto diré que Campmany siempre me pareció un mongólico sin gracia que, eso hay que reconocerle, decían que escribía sus exabruptos sin faltas de ortografía.

No se pueden imaginar la zapatiesta que se organizó en España cuando llegó la moda de lo unisex. La ropa que se podía poner si era usted chico o chica y las peluquerías donde cortaban el pelo a mujeres y hombres. Vaya modernidad. Se hablaba, con moderación, de que la moda eran los ‘hombres sensibles’. Que no renunciabas a ser hombre por echar una lagrimita o por barrer el salón, amigo. Y el cúlmen de la cosa alcanzó una cota inimaginable cuando, en la tele pública, Miguel Bosé salió a cantar vistiendo una falda. Se preguntó mucha gente y mucho tertuliano qué mensaje le estábamos mandado a las débiles mentes infantiles y juveniles con aquellas cosas.

No se lo pierdan, incluso Camilo José Cela, todo un Premio Nobel, también escribió sobre el asunto. En malos términos.

Marcas comerciales como ‘Conguitos’ o ‘Morenitos’ (una especie de mantecados cubiertos de chocolate) son herencia de otra época. Un racismo de baja intensidad y de andar por casa que, a comienzos de los 90, fue puesto de manifiesto cuando el médico haitiano, residente en España, Alphonse Arcelín, visitó el Museo Darder de Banyoles (Girona) con toda su familia y comprobó que tenían expuesto el cadáver disecado de un bosquimano. ¿A alguien le había molestado hasta entonces el hecho? ¿Era malo tener un cadáver humano disecado expuesto como si se tratara de un animal? A nadie parecía molestarle. Hay que decir que tuvo que intervenir Koffi Annan, secretario general de la ONU, para que el cadáver del bosquimano (robado por unos taxidermistas franceses en 1830) fuera repatriado y enterrado, en condiciones, en Botsuana. Los comentarios amargos que suscitó la protesta del Señor Arcelín fueron también épicos pero, como pasa en nuestro país, el más extendido fue: “Vaya tío tiquismiquis”.

En el humor tampoco las cosas estaban mucho mejor y, lo normal, es que los repertorios de los humoristas de moda estuvieran repletos de chistes de mariquitas, negros, mongolitos y/o cojitos. Los viajes en coche (que no te engañen, aquellos coches eran máquinas de matar con las mismas comodidades que un tanque soviético) se entretenían con cintas de cassette de humoristas cuyos chistes estrella comenzaban con un ‘van dos mariquitas que se quieren casar…”. Bien, que sepan ustedes que los chistes tienen fecha de caducidad. Hace años la gente estallaba en carcajadas ante la posibilidad de que dos homosexuales quisieran casarse, el chiste ya comenzaba ahí, el comienzo era un chiste en sí. Ahora solo es el planteamiento. No le echemos la culpa solamente a Arévalo, por cierto, o a ninguno de los humoristas de la época porque aquello era un reflejo de lo que había y de lo que el público demandaba, de la educación recibida.

Ni que decir tiene que la posición de la mujer no era mucho mejor. Ya saben, el maltrato doméstico era material cómico, así como la soltería femenina… qué risa las solteronas, ¿eh? Aquellas mujeres que se habían quedado para vestir santos, jajajaja STOP! Bien, les cuento algo curioso: en la España nacionalcatólica el lesbianismo pasó bastante desapercibido a nivel policial. Parecía tan aberrante el asunto y la posición de la mujer tan invisibilizada que se entendía que su existencia era poco más que marginal porcentualmente. Muchas lesbianas vivieron en pareja y organizaron encuentros en librerías y fiestas (algo de lo que habló muy amargamente Paco Umbral cuando tuvo trifulcas algo más que literarias con la abogada feminista Lidia Falcón) sin despertar sospechas. ¿Saben algo? Piensen en todas esas familiares solteras que compartían casa con una “amiga” (siempre la misma) para no tener tantos gastos y pasar la tristeza de no haberse casado con ningún hombre a tiempo. ¿Tienen alguna? Recapaciten sobre este hecho.

Nuestro país siempre ha sido alegre y siempre ha tenido mala leche, qué le vamos a hacer. Este es el topicazo. Decía el director de cine José Luis García Sánchez que los españoles eran muy dados al insulto grueso pero que después se quedaba ahí, que había otros que gaseaban a seis millones de personas sin perder la educación. En el fondo de esa afirmación, aunque solo sea porque no recibíamos apenas emigración y fuimos un país cerrado casi por completo al exterior, hay mucha verdad.

Y todo aquel cúmulo de cosas era lo políticamente correcto y el caldo de cultivo en el que nos criamos. Aquello era la cultura oficial heredada del anterior régimen y en ella nos hemos desenvuelto con mayor o peor fortuna. Lo que se consideraba malo malísimo era ‘lo moderno’, aquel airecillo fresco que se fue colando por las grietas del país y que nos trajo el punk y a Las Vulpess cantando Me gusta ser una zorra en horario matinal de sábado en el programa Caja de ritmos dirigido y presentado por Carlos Tena, y que soliviantó a la caverna (a la ideológica, a aquel búnker) porque aquello no era de recibo y protestaba por la emisión del programa progre por excelencia, Si yo fuera presidente de Fernando García Tola, donde entrevistaron al activista gay Jordi Petit para contar que reclamaba ser tratado como una persona “normal” o la tertulia juvenil Pista Libre (precursora de La Bola de Cristal) donde se hablaba de todo —lo que se podía, vaya—, La Edad de Oro de Paloma Chamorro y los cómics como El Víbora o Tótem que nos dieron a conocer lo que los medios oficiales llamaban ‘ácratas’. Artistas ‘ácratas’ como Nazario cuyos protagonistas eran un compendio de lo LGTBI y de las (mal)vivencias de nacer pobre, gay y/o en el cuerpo equivocado, o las aventuras de Taxista, dibujadas por Martí. Revistas como La Luna, El Jueves, El Papus, directores como el primer Almodóvar, el primer Trueba o el primer Colomo reflejaron su entorno sin intenciones moralizantes, mostrando lo que había de nuevo. 

Muchos tuvimos la suerte de tener acceso a ese torrente de incorrección política, de aquella diferencia, no sé si fuimos más o menos felices. Tengo claro que aquella oleada alternativa —que, en parte, ha sido motor del cambio de conciencia actual— no era el reflejo real de una sociedad ensimismada y bastante sumisa a la que no le habían permitido mira más allá de sus narices.

Y mientras todo esto pasaba el bueno de Georgie Dann cantaba El Negro (No puede) en la televisión, en horario infantil, y las entrevistas a la actriz y vedette Bibi Andersen estaban llenas de codazos e insinuaciones sin que a nadie se le moviera una pestaña.

Desconfíen de quien les diga que fuimos muy felices estudiando EGB y criándonos en esa sociedad estéticamente tan parecida a la albanesa. La nostalgia es el garrapiñado de los recuerdos y, seguramente, les estén regalando una ración extra para venderle un juguete de su infancia a precio de oro o un estúpido libro.