Paciencia

—¿Cuándo empiezan las uvas?

—Ahora, en un ratito, cariño.

—Pero yo quiero que empiecen ya.

—Pero es que empiezan en un rato, cielito.

—¡Quiero que me pongas las uvas!

—¡No te las puedo poner! Las uvas se toman justo antes de que den las doce y es entonces cuando salen en la tele. No se pueden adelantar ni atrasar porque tú quieras verlas. Son cuando tienen que ser.

—¡Pero yo quiero las uvas! ¡Quiero ver las uvas! ¡LAS UVAS!

—Mira, anda, tesorito, que te pongo la tableta un rato. ¿Quieres ver a «Dora la Exploradora»?

No sé si es cuestión de los malditos años, que no dejan de pasar, pero tengo la sensación de que los niños de hoy tienen menos paciencia que los de ayer —o sea, que nosotros—. Todo lo pueden ver en el momento, porque en todas partes hay enchufes para conectar el móvil y la tableta; wifi, para cargar ese vídeo mágico de Youtube que hace que el niño se calle; y si no hay wifi, pues para eso están los datos, que para algo el 3G está flotando en el aire, como el amor, en la canción esa. Todo se puede ver, todo se puede descargar, todo está disponible todo el tiempo.

Yo, cuando quería ver algo, me tenía que esperar. Ni se me pasaba por la cabeza enfadarme porque quería ver otro episodio de «Ruy, el pequeño Cid». Si quería ver otro episodio, que era lo habitual, tenía que esperar hasta el domingo siguiente. Y si el domingo siguiente mis padres decidían que ese día se comía fuera o había invitados en casa y no querían estar con el runrún de fondo —porque, por supuesto, no había más teles—, no había más que hablar: me quedaba sin ver a Ruy. Y me aguantaba.

Las cosas no mejoraron con la aparición de los videoclubes, porque la película que querías alquilar nunca estaba disponible. Siempre había algún avispao, que tenía enchufe con el encargao —seguro—, al que le daban el chivatazo de que la película estrella estaba disponible, que se pasara cuando quisiera, que él se la reservaba.

Para cuando, semanas después, por fin tenías la película a tu disposición, tú ya habías puesto tus ojos en otra, que tampoco estaba nunca disponible. Ah. El ciclo de la vida… Y encima, la gente devolvía las cintas sin rebobinar, así que te comías tres o cuatro spoilers —que en su día no se llamaban así; los spoilers antes eran «Por culpa del idiota que ha cogido la película antes que yo y que no la ha devuelto rebobinada, ya sé cómo termina sin haberle dado aún al play»— mientras le dabas p’atrás.

Si llamabas a alguien y comunicaba, te tocaba seguir llamando hasta que la línea se quedaba libre. Nada de avisos, como «El número tal ha intentado ponerse en contacto con usted», para que la otra persona te devolviera la llamada; ni de contestadores automáticos, donde poder dejar un mensaje después de la señal, «Piiiiiiiiiiiiii»; ni de llamada en espera. Y como se hubieran dejado el teléfono descolgado, terminabas antes yendo a casa de esa persona para hablar con ella cara a cara. Por supuesto, el teléfono estaba en el mejor sitio de la casa: en el salón, donde todo el mundo podía escuchar bien tus conversaciones —cuando no te interrumpían con un «Cuelga ya, que no regalan el teléfono»—. Llegabas a desarrollar un lenguaje de abreviaturas tan complicado y un tono de voz tan bajo que el que estaba al otro lado del teléfono no era capaz de entenderte y terminabas diciendo «A las cinco, en el Cajamadrid».

Si te gustaba una canción de la radio, tenías dos opciones: o te comprabas la cinta —¿cuántas habremos comprado sólo porque nos gustaba una canción?— o montabas guardia al lado del radiocasete, con el dedo puesto sobre el botón para, en cuanto el locutor terminara de presentar la canción que te gustaba, darle a grabar. Yo llegué a aprenderme que «Se fue», de Laura Pausini, la ponían a las dos de la tarde en los 40 Principales aquel verano que estuvo de moda.

—¿Quieres sentarte a comer, que no nos va a dar tiempo a echarnos la siesta antes de ir a la playa?

—Un momento, que la van a poner…

Ya no responde ni al teléfono… Pende de un hilo la esperanza mía…

Click. Grabando. Y la canción, de memoria.

Somos la generación de la paciencia cocinada a fuego muy lento. Propongo que lo recordemos la próxima vez que estemos metidos en un atasco y sintamos la necesidad de hacer sonar el claxon o cuando se caiga Netflix.