El pelo de Michael Landon

La moda de poner telefilmes baratos en la sobremesa de los fines de semana no es nueva. Que en los 90 y en la década siguiente, con la competencia entre las privadas en plena ebullición, las cadenas hicieran un esfuerzo por programar exitazos de taquilla para toda la familia a la hora de la siesta no nos debe de hacer olvidar aquellos años en los que la TVE (la única televisión de aquel entonces…otro día hablaremos de aquel intento de privada que fue Canal 10) se hinchaba a programar aquellas películas lacrimógenas que, se nos avisaba, estaban “basadas en hechos reales” o, como a la gente le gustaba repetir en inglés macarrónico “based ona true estory”.

¿Por qué estas mierdas? ¿Por qué tanto daño? Pues, básicamente, porque son películas que se compran por sacos, salen a muy buen precio y siempre dan bastante audiencia. Ahora, además, sirven como delirante material para tuitear mientras se ven lo que, paradójicamente, hace que aumente la fanaticada postmoderna para este tipo de películas malas.

¿Se han preguntado por qué las autonómicas emiten tantas películas del Oeste? Bien, la deriva ideológica hacia el neoliberalismo no es solo económica si no que, también, es sociológica. Entre los neocom hay mucho respeto y mucha admiración por Rupert Murdoch —el dueño de un imperio mediático donde destaca todo el entramado televisivo de FOX y, claro está, Fox News— que,como saben, es australiano (de nacimiento, luego se nacionalizó norteamericano para poder comprar medios en ese país). En su primera incursión en el negocio de la televisión adquirió un pequeño canal en Australia con muy baja audiencia hasta que, voilá, se le ocurrió adquirir un paquete enorme de pelis del Oeste de bajo coste y los índices de audiencia se dispararon. O no. Pero para la leyenda, y para las charlas esas de “Hágase rico mientras duerme porque lo que sueña, si lo sueña con fuerza, se hará realidad” ha quedado como un mantra que las películas del Oeste funcionan muy bien en la audiencia.

Hubo un actor que se hizo muy famoso gracias a dos producciones del Oeste. Se llamaba Michael Landon pero nació con el nombre de Eugene Maurice Orowitz en Forest Hill, Queens, Nueva York en 1936. Famoso barrio de donde han salido Art Garfunkel, Stan Lee o Ramones.  

Michael Landon interpretó al hijo pequeño de la familia Cartwright de la serie televisiva Bonanza, Pequeño Joe, que se mantuvo en antena desde 1959 a 1973. Después sería Charles Ingalls, el patriarca de una familia ultraconservadora de colonos del Oeste, en la serie La Casa de la Pradera (emitida de 1974 a 1983).       

En ambas mantendría una de las características más chaladas de sus personajes: hombres humildes con cortes de pelo de 200 dólares hechos en una peluquería de Beverly Hills (la gracia no es mía, se la leí a alguien pero no he podido encontrar la cita).

El pelo de Michael Landon, el que luego le haría famoso en Autopista hacia el cielo, que era una serie también ultraconservadora donde interpretaba a un ángel que iba por ahí con un ex policía barbudo resolviendo entuertos de la vida cotidiana (especialmente acojonante, por bueno, fue un episodio de Navidad donde redimían a un vendedor de coches muy tacaño y cabrón en plan Cuento de Navidad y otro de una chica que luchaba contra sus problemas de bulimia… absoluto first contact de la población española con los trastornos alimenticios). Ya era raro que Michael Landon, que era un poco de derechas, llevara un corte de pelo que, en España, se identificaba con el que llevaría un cantante de canción ligera, palmero de grupo de rumbas o el dueño de un club de alterne-barra-whiskería. Y lo digo por propio conocimiento: al dueño de uno de estos locales, en el pueblo donde vivía, se le conocía como “El Michael Landon” porque se gastaba una pelucaza parecida a la del actor americano. Es posible que el local que regentaba se llamara Beirut. Lo digo en serio, el hombre lo abriría antes de la Guerra del Líbano; cuando Beirut era sinónimo de ciudad atractiva, plena de vida y diversión. En los 80 aquello se convirtió en un infierno.

Bueno, el caso es que el pelo de Michael Landon era importante, casi tan importante como que fuera un poco conservador y que, como director y guionista, sacara esa faceta suya en producciones de su invención como El Padre Murphy. También una cosa del Oeste, una fijación absurda para alguien que había nacido en Forest Hill, que era judío de nacimiento y confesión. Un poco como los Bush, que parecen todos nacidos en Texas y luego resulta que son de Connecticutt.

Y, sin embargo, pese a sus éxitos como cowboy, colono del Oeste y mensajero de dios acompañado de un poli barbudo (el actor televisivo Victor French, amigo íntimo de Landon en la vida real… la serie se suspendió definitivamente cuando French murió de cáncer porque su amigo no quiso continuar pese al exitazo) lo cierto es que el éxito más escalofriante de Michael Landon se tituló El corredor solitario (1976, Michael Landon). La historia iba de un chaval que era incontinente, vamos, que se hacía pis en la cama todavía en la adolescencia. Su madre, para castigarlo, aprovechaba que el muchacho estaba en la escuela para secar las sábanas mojadas en el patio de la casa a la vista de todo el mundo. El asunto es que el muchacho tenía que correr todos los días desde la escuela a su casa para evitar el vergonzón pero, a veces, pues no lo conseguía y cogía fama de meoncete. El caso es que, de tanto correr, pues el muchacho (interpretado por Lance Kerwit, que luego sería el prota infantil de la adaptación de El Misterio de Salem’s Lot de Stephen King a la tele) se convierte en Michael Landon de viejo y en un gran atleta olímpico. Un atleta olímpico con pelazo y, a lo mejor, con unos añitos de más para ganar una prueba en unas Olimpiadas normales pero, eh, la tele no era como ahora. A la gente esos detalles le daban igual. Si querías ver buenas pelis tenías que ir al cine. El nivel de ansiedad que te provocaba la película y la mala hostia que rezumaba contra la madre del protagonista te revolvía un poco el estómago. Seguramente porque todo tenía una base real: la mamá de Michael le hacía esa perrería cuando era pequeño.

En fin, vaya jena de película y vaya pánico más tonto a hacerte pis en la cama y a que alguien exhibiera la movida. La tele de sobremesa era así, mala y vengativa.

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