Pilares de nuestra infancia (II): Ruth Gabriel

Foto: Katia Herreros

Retratos: Javier Salas, Sergio Lardiez y archivo personal de Ruth Gabriel.

Pongámonos en situación:

Mediados de los 80, tú aún no levantabas ni dos palmos del suelo y, en el mejor de los casos, controlabas esfínteres.

Era martes o, yo qué sé, jueves (cualquier día entre semana, en realidad) y daba la hora de la merienda. Tu madre, que a esas alturas del día ya estaba hasta el moño de ti, te hacía un Cola Cao y, venga, te enchufaba la tele para que la dejases vivir tranquila un ratito

 

¡¡CLAKA!! (así sonaba el botón de encender la tele antes)

Naaa, na, náaaa… nananá. Naaa, na, náaa…

 

De pronto, allí empezaban a salir toda clase de dibujos animados, personas “de verdad” y muñecos que hablaban, contaban, cantaban y se alejaban justo antes de acercarse para hacernos notar la diferencia.

Barrio Sésamo, MÍTICO.

 

El caso es que dentro de aquella locura habitaba un personaje que nos llamaba mucho la atención y que despertaba, al menos en mí, la envida más tiñosa del mundo porque era amiga de Espinete y Don Pimpón, porque tenía más o menos nuestra edad y vivía en un lugar maravilloso. Y, sobre todo, porque ¿por qué ella sí y yo no?

 

COOLT: Ruth Gabriel, Ruth, la niña de Barrio Sésamo. ¿Cómo sucedió?

RUTH GABRIEL: Poca gente se acuerda, pero antes de Barrio Sésamo existía un programa que se llamaba La cometa blanca. Yo empecé a trabajar allí. Aunque era muy pequeña, tendría unos 5 años, recuerdo que me gustaba. Interpretaba un montón de personajes distintos, algo que luego no pasó.

Cuando decidieron hacer el casting para Barrio Sésamo supongo que alguien encontraría mi ficha en los archivos y llamaron.

Había mucha competencia y pasamos infinidad de pruebas. Yo tenía experiencia delante de las cámaras y, lo más importante, ya tenía clarísimo que quería ser actriz.

Casi todos los niños que conocí en aquella época iban obligados por sus padres y se notaba. Lo pasaban mal porque, simplemente, no querían estar ahí.

 

C: Finalmente resultas la elegida y, a las tareas propias de un niño, le añades las de un trabajo. ¿Cómo recuerdas aquella época?

RG: Afortunadamente, aprendí a leer y a memorizar siendo muy pequeña. Eso me facilitó un poco las cosas. Pero, claro, no existían las leyes que regulan las jornadas de los actores menores.

Yo, si tenía trabajo, faltaba al colegio. Y punto.

Mi infancia, en lo académico, consistió en suspender estrepitosamente durante el curso y pasarme los veranos enteros estudiando con un profesor particular para aprobar en septiembre. Con todo, nunca repetí curso. Aún yendo a un colegio público.
Algo que decidieron mis padres porque no querían ningún tipo de vida elitista o “diferente” para mí.

Con toda su parte buena y, por supuesto, la mala.

 

Yo, si tenía trabajo, faltaba al colegio. Y punto.

 

C: Porque no podías dejar de ser Ruth, la de la tele.

RG: Muchos compañeros usaron mi influencia como moneda de cambio. Unas veces era la creída que salía en Barrio Sésamo y otras la amiga más maravillosa porque querían presumir delante de sus primos.

Pero como era mi día a día, lo llevaba lo mejor posible y también yo decidía quién era mi amigo y quién no.

 

De todas formas, lo mejor que me pudo pasar fue irme a Estados Unidos a los 14 años y disfrutar de no ser nadie, pasar la adolescencia en el anonimato y encontrar mi espacio.

 

 

C: Volviendo a los años de infancia, ¿cómo eran los rodajes?

RG: El plató era una segunda casa. Pasábamos la mayor parte del día allí y no había distinción en las exigencias entre adultos y niños. ¡Pero nosotros seguíamos siendo niños!

Las jornadas eran duras y, casi siempre, aburridas. ¿Y qué hacíamos? Jugar, escondernos, reírnos… Y aunque teníamos una cuidadora, estábamos bastante descontrolados. Nadie se preocupaba porque aprovechásemos esas horas muertas estudiando y matábamos el tiempo de cualquier manera. Al final, cuando tocaba rodar, muchas veces no estábamos centrados y las cosas salían como salían.

Tampoco se tenían las formas de trabajar actuales. Sinceramente, de nosotros solo se esperaba que nos aprendiésemos el texto, lo dijésemos y poco más.

 

Sinceramente, de nosotros solo se esperaba que nos aprendiésemos el texto, lo dijésemos y poco más.

 

C: Nada que ver con lo de ahora…

RG: Nada. Ahora se intenta comprender al niño, se le trata bien para que sepa dar lo mejor de sí mismo y el equipo se vuelca al completo.

Durante Barrio Sésamo, para que te hagas una idea, había una niña que se negaba a estar allí porque, aunque adoraba a Espinete, sentía pánico con Don Pimpón. Siempre que aparecía en el plató lloraba y se abrazaba a la pierna de Chelo (Chelo Vivares, la actriz que iba dentro del erizo). Pero como ella no podía verla con el disfraz, la atropellaba sin querer, la niña caía al suelo, lloraba y si era plano medio y no salía, se seguía grabando con total normalidad.

Eran otros tiempos.

 

C: Después de tantos años, ¿los actores mantenéis algún tipo de relación?

RG: No. Yo era pequeña y, además, atravesé una época en la que quería desentenderme de la serie. Sí sé que todos recordamos aquella época con cariño.

Y el cariño con el que también la gente recuerda aquel programa me ha ayudado a reconciliarme con él.

 

C: Y en 1994 llega Días Contados (Película de Imanol Uribe en la que trabajó junto a Javier Bardem, Carmelo Gómez y Candela Peña. Interpretaba a una prostituta y escandalizó a todos con una escena donde aparecía desnuda dentro de una bañera. Ganó un Goya por este papel)

RG: Sí.

 

C: De repente, una generación se da cuenta de que se ha hecho mayor. Un poco como pasó con Marisol cuando salió en Interviú.

RG: O Miley Cyrus.

 

(Risas) (Siempre he querido hacer una entrevista en la que poner lo de “risas”)

 

RG: Cuando volví de EE.UU. estuve trabajando como camarera y gogó en discotecas y afters. De alguna forma ya me había hecho mayor. Y en un ambiente muy fuerte. Crecí muy rápido, a mucha velocidad. Tanto que no fui consciente de haber dado ese paso.

Para mí, Días contados fue cumplir mi sueño. Hasta ese momento todo lo que había hecho era dar pasos para alcanzarlo. Incluido Barrio Sésamo.

 

Para mí, Días contados fue cumplir mi sueño.

 

C: Desde la distancia, ¿qué recuerdo, en general, tienes de toda esa época? ¿Cómo es la nostalgia de alguien que construyó desde dentro la de los demás?

RG: Aquí viví los 80. En el 89 salí y las cosas que me pasaron no tienen nada que ver con lo que sucedió en España.

Me acuerdo de esa creadora genial que fue Lola Rico y de cómo creó un universo infantil en el que no se trataba a los niños como si fuesen tontos.

Ahora hay alguna cosa que no está mal, ojo, pero no es lo mismo; el medio ha cambiado. Y el público.

La pena es que no son tiempos de arriesgar. Nadie se atreve a salirse de lo que ya saben que funciona.

 

C: Ahora eres tú madre, estarás enterada.

RG: Mis hijos ya son adolescentes y es verdad que no han crecido con ningún programa de referencia. Pero siempre hay mil alternativas gracias a gente que se embarca en proyectos interesantes para el público más joven. Yo misma he hecho teatro infantil.

 

C: ¿Y en qué está la Ruth de hoy?

RG: Estoy de gira con una obra que se llama César, dirigida por Fernando Sansegundo, basada en los escritos de Shakespeare pero con un enfoque completamente diferente.

Y con muchas ganas de que vean la luz dos proyectos en los que he participado. Uno es la serie Perdóname señor y el otro En zona hostil, una película que ha marcado un punto de inflexión en mi forma de trabajar. Interpreto el papel de la primera mujer piloto de un helicóptero Chinook. Un trabajo muy bonito que saldrá en 2017.

 

Por cierto, ¿recibiste las fotos de cuando era pequeña? Con las mudanzas he ido perdiendo cosas y solo conservo un par. Siempre he pensado “mira, menos lastre”, en ese sentido no soy nada nostálgica.

 

C: (Después de un silencio mientras miro la cantidad de trastos que tengo acumulando unas cantidades de polvo que asustarían a las autoridades sanitarias) Vamos, lo mismito que yo.

 

 

 

Gracias a Ruth por su tiempo y experiencias.

Y a Irene López de Gran Vía Comunicación por hacerlo posible.