Quien te recomienda un libro, te propone una vida

De pequeño tuve un amigo imaginario, pero no duró mucho. Creció antes de tiempo y se fue.
Una noche, mientras leíamos bajo la sábana ayudándonos de una vieja linterna de dinamo, me miró fijamente, como suelen mirar los padres cuando se muere un pez y me dijo que esto no tenía sentido. Que no existía, que lo admitiese. Que no podía fingir más tiempo. “Estamos anclados en una relación que no nos lleva a nada, creo que lo mejor para los dos, es que nos demos un tiempo”. Todo el mundo sabe que el tiempo no se da. Nadie tiene minutos para nadie, sobre todo hoy en día. Pero, a pesar de mi corta edad, actué como lo haría una persona fría y estable. Seguí leyendo aquel libro hasta llegar a la última página. Fue entonces, cuando realmente sentí que algo moría dentro de mí. “Menuda nochecita”, pensé. Y así, hasta hoy.No puedo evitar meterme de lleno en las historias que leo. Si el protagonista fuma con la cabeza apoyada en la cristalera de su apartamento, yo diviso la torre de Tokyo. Si sale a la calle a caminar bajo la lluvia, escucho las gotas bajo su paraguas. Si pisa un charco, me salpica. Si le besan, cierro los ojos. Si es él quien besa, me siento orgulloso.

De todos modos, la lectura es una sensación progresiva. Al principio, somos meros espectadores compartiendo un espacio que vas más allá de lo físico. En los libros lo físico no existe.
Si el protagonista se mete en su casa, yo me meto en su cabeza. Si sale a la calle, yo camino por sus pensamientos. Si se para a darle vueltas a lo mismo, sentado en un banco del parque, me tumbo en sus intenciones. Es sencillamente complejo, tanto, que llega un momento en la historia en el que resulta imposible diferenciarnos a uno del otro. Sé que no soy él, pero en parte, lo soy, ambos lo sabemos. Somos lo que leemos.

Supongo que aquella noche, el que creció antes de tiempo fui yo. Me acosté habiendo conquistado el mundo a lomos de mi dragón. Eso siempre le hace a uno madurar. Pero no fue ese mi único logro. Posteriormente, surqué los 7 mares a bordo de un barco pirata. También fui piloto de carreras. Incluso llegué a la luna en un cohete construido con cajas de galletas, y una vez allí, comprobé que era de queso. Hoy en día, cuando la miro, aún lo pienso. Y es que el truco está en crecer sin hacerse mayor. Al menos, no del todo.

Aunque no siempre resulta tan sencillo.
Hace 3 días, me condenaron por doble homicidio. En total, llevo 2 semanas en esta celda, sin contacto con el exterior. Mi vida está muerta, y yo paseo en círculo sobre los restos por no quedarme entumecido. Sé que no lo hice, aunque en parte, podríamos decir que sí. Ambos lo sabemos. Es la verdad dentro de la mentira. Y es que, quien te recomienda un libro, te propone una vida.