Quita, que no sabes

La verdad por delante: soy bueno en nada. Pero en nada de nada. No hay absolutamente ningún tema en el que sepa más que nadie y, en la mayoría, mis conocimientos rozan el cero absoluto. Esto me ha convertido, de forma natural, en ese sujeto al que hay que explicárselo todo. Carne de cuñao.

Un cuñao, como te estarás imaginando, es ese tipo que aunque no sepa de algo, sabe. Y si sabe, seguramente sea una versión “alternativa” a la oficial y mejorada por él mismo en base a sus huevos morenos. El cuñao, que no tiene por qué ser el hermano de tu pareja ni la pareja de tus hermanas, malvive en este siglo XXI como puede, tratando de no extinguirse.

Y es que, igual que el vídeo mató a la estrella de la radio, la vida moderna está acabando con él. Algo que no pasaba en los míticos años 80.

Los 80, la Edad de Oro del cuñadismo.

Metemos un boli BIC en el cassette del tiempo y rebobinamos hasta caer en 1988.

Era tu cumpleaños, Reyes o te habían operado a corazón abierto (las tres únicas posibilidades de que te regalasen algo) y te caía un Scalextric. “¡Hosti, qué guay!” pensabas tú, y a la que ibas a echarle mano al control… “Espera, que te explico”. Tu padre, con la rapidez de un pistolero, trincaba el asunto y se acabó lo que se daba. Después de una clase teórica de un millón y medio de vueltas al circuito, llegaba la hora. La de recoger para cenar.

Menos mal que pronto aterrizaron los ordenadores y con ellos un nuevo mundo. Para tus hermanos mayores. Si bien es verdad que nadie nace sabiendo, ellos habían tenido más tiempo para aprender o, simplemente, podían arrimarte un par de collejas que dejasen claro quiénes eran los elegidos por el Altísimo para atesorar los conocimientos informáticos en esa casa.

Bueno, calma, entraban las videoconsolas con fuerza. Y más de lo mismo.

¿Sí? ¡Pues que os ondulen! Por patas a los salones recreativos.

Allí, por fin, podrías demostrar tus conocimientos, joder. Aunque solo sea porque el que paga, manda. Total, que elegías la máquina que más te gustaba, sacabas tu moneda de cinco duros y… SE PRODUCÍA LA MAGIA. Atraídos como si fuesen Nazgûls por el anillo único, aparecían un montón de chavales (de muy diferente calaña) dispuestos a apoyarse muy a tu lado para repetirte una y otra vez como si fuese un mantra “¿Quieres que te la pase, quieres que te la pase?”, salpimentado con algún “así no es, qué malo eres”.

De tu habilidad social, más que de la pericia en el juego, dependía que salieses de allí con un récord en el SuperPang o con una puñalada en el páncreas.

Nuevamente derrotado por los (pre)cuñaos, ibas a la parada del autobús para volver a casa.

Cuando llegaba, abría la puerta delantera y ahí estaba SIEMPRE él: el señor que le daba la chapa al conductor. No fallaba. Incluso alguna vez llegué a pensar que los ponía el Consorcio Regional de Transportes. Ese tipo, para los más jóvenes, era un ser que igual sabía del estado del tráfico por ciencia infusa, que de política internacional, fútbol o, por supuesto, de conducción de autobuses. Y sin tener siquiera carnet de motocicleta.

Fruterías, carnicerías, tiendas de caramelos… fueses donde fueses, había un (o una) Leonardo da Vinci. Y tú, o sea, yo, con la boca cerrada y los ojos entreabiertos ante aquellos torrentes de sabiduría.

Por desgracia, el paso del tiempo fue eliminando pequeños comercios y añadiendo cartelitos de “no molesten al conductor”.

Por suerte, el paso del tiempo nos hizo mayores y con posibles para tener nuestros propios videojuegos e hijos a los que decirles “quita, que no sab… Ah, no, que sí que saben. Que el que ahora tampoco se aclara soy yo.

Dedicado a @Lukesoytucunado y @D_dedavid, que me inspiraron muy fuerte.

Foto: Katia Herreros