‘Ready Player One’ y ‘Armada’: la fórmula del éxito y el fracaso

Las mentes lectoras siempre esperan con ansia un nuevo universo literario. Aunque cualquier libro es un universo en sí, es diferente cuando se envuelve la historia en una infraestructura novedosa. Si además se despliega en una trilogía o incluso heptalogía, se convierte en más que literatura. Se convierte en objeto de culto. Ready?

Ready Player One es uno de esos ejemplares. Es una obra maestra; por varios motivos. Aunque no es pionera en utilizar la realidad virtual como medio, lo une a una buena dosis de nostalgia ochentera que hacen de ella una pieza muy sólida. Cuando lees el segundo libro de Ernest Cline, Armada, te das cuenta de que hay mucho de suerte en la mezcla, pura alquimia literaria. Que algo salga por casualidad no le quita la denominación de obra maestra. Lo es porque, aunque está encuadrado en el género de ciencia ficción, es un producto de nuestro tiempo. Os explicaré. Tranquilos que no hay spoilers… Bruce Willis estaba muerto todo el rato, eso sí se puede decir. Eso ya no es spoiler.

Lo primero que os pido es que eliminéis los prejuicios. Las novelas con atisbos de informática suelen tener su público, pero no son para todo el mundo. Ready Player One es la creación de un mundo nuevo. Oasis. Así se llama el entorno de realidad virtual donde toda la humanidad se relaciona en el 2045. Una especie de videojuego en el que se interactúa desde casa con unas gafas con pantalla (VR). Ninguna relación humana se puede comprender sin Oasis, aunque el mundo real sigue adelante, éste súper Internet ha hecho sombra a todo lo visible y lo invisible. Si eres de los que sacas conclusiones y reflexiones de los textos, verás reflejado el futuro de nuestra sociedad. Si te pones apocalíptico, sí, al final no saldremos de casa y todos seremos hikikomoris de ojos redondos. Pero si eres de los que ve esperanza en todo y el cristal con el que miras es rosa cuarzo, sabrás distinguir el progreso futuro; digo futuro porque hay que especificar: a veces el progreso va de no avanzar. Sólo a veces.

El creador de Oasis, un tal Halliday, muere. Tenía más dinero que Mark Zuckerberg —el creador de Facebook— y deja toda su fortuna a aquel que consiga una serie de llaves que están escondidas en Oasis. Halliday era un loco de los ochenta, la época en que pasó su infancia, y convirtió su creación en un homenaje constante a series, películas, canciones y cómics de entonces. Oasis es tan poderoso, que puede albergar planetas enteros dedicados a un filme en concreto. Recreaciones ‘físicas’ de, por decir algo, Regreso al Futuro. Un universo del que nadie querría salir, donde puedes ser quien quieras y, prácticamente, hacer lo que quieras. Y sobre todo, revivir épocas reales o fantásticas. Un pelotazo, vamos. Para no contar demasiado y que no me acusen de rellenar con la sinopsis, terminaré diciendo que Wade Watts, nuestro protagonista, es experto en cultura de los 80 y va en busca de esas llaves. Y hasta aquí puedo leer.

RPO (Ready Player One, que ya me he cansado) lo tiene todo para una generación tan nostálgica como es la de los ochenta. Aunque —y no me matéis— es una nostalgia un poco superficial. Basada casi al 80% en productos de consumo y ocio. Cuando lo lees no quieres que se acabe, es una maravilla. Lees más el canto del libro, para ver cuánto te queda, que la propia página. Cuando entré en el fascinante mundo de Oasis, recordé que Ernest Cline había escrito otro libro hace poco. Y no sé si os pasará, cuando encuentras un libro que te gusta de verdad, pasas por un dulce momento, como de enamoramiento. Si además sabes que en la recámara te espera otro libro del mismo autor, es una luna de miel.

RPO es tan bueno que Warner Bros ha adquirido sus derechos y el mismísimo Steven Spielberg va a dirigirla. Ya tiene que ser buena la historia, ¿eh? Pues no. Porque empiezas a devorar Armada. No es una secuela, es totalmente independiente a RPO. Que esa es otra, Ernest, si lo has petado con RPO, haz una segunda parte. No inventes, ¡no inventes! Por lo visto será una trilogía finalmente. En fin, que las expectativas son tan grandes con Armada, que se te cae un mito, cuando empiezas a descubrir cuál fue la fórmula del éxito de RPO. La nostalgia y las constantes referencias a las realizaciones de los años en los que yo también me crié. Ése es un cartucho que se puede disparar una vez… en una trilogía quizás, pero no en dos libros totalmente diferentes.

En RPO las ‘ochentadas’ están justificadas, porque todo forma parte de un Trivial en el que es necesario ser un pedante en este tema para conseguir las llaves. En Armada, el escritor simplemente se tira el moco de ser un señor Miyagi de la nostalgia. Ya llega un punto en el que, como dicen en mi tierra, ‘te da corahe‘. Ah, que no os he contado que te llevas 100 páginas leyendo la vida de un chaval un poco macarrilla, pero cero interés, oiga.

Lo malo de Armada, es que te das cuenta de que RPO fue una increíble y prodigiosa casualidad. Con esto no quiero decir que el autor sea mal escritor, pero sí que ha intentado repetir la fórmula cambiando las bases. Es como si después de Harry Potter y la Piedra Filosofal, J. K. Rowling hubiera empezado una saga diferente con un mago medio delincuente en un Hogwarts ciberpunk. Estos dos libros de Ernest Cline son la muestra perfecta de que la literatura no lo es todo. Hay que tener en cuenta el orden y la administración de los recursos creativos. Mi recomendación, leed primero Armada, os emocionará, seguro. Luego RPO os parecerá la fantasía mejor hilada de todos los tiempos. Hacedlo al revés. ¿Quién pillara un Delorean para advertir a mi yo del pasado? Y para comprar un almanaque deportivo en 2030.