Refugios y pasadizos

He visto suficientes películas como para saber si detrás de una pared hay una puerta secreta; o si un candelabro es el resorte de algún pasadizo; o de si los libros de una estantería son falsos. He visto suficientes películas como para enamorarme de los refugios ocultos y los pasadizos misteriosos.

Maxwell Smart entraba en un edifico, bajaba unas escaleras y pasaba por hasta cinco puertas antes de llegar a una cabina de teléfonos, marcaba unos números secretos y una trampilla se abría bajo sus pies haciendo que desapareciera. Era el opening de Super Agente 86 . Una suerte de James Bond que amenizaba nuestras tardes de meriendas ochenteras. En nuestra versión patria de agentes secretos:

Son agentes de la T.I.A.
Y son vuestra solución
Llamad inmediatamente
A Mortadelo y Filemón

Filemón consultaba su libreta de entradas secretas y decía si tocaba la XJ-45 o la ZT-21. Todas se activaban con algun santo y seña pareado, sencillo y ridículo; y la tapa de alcantarilla se abría, o la tapa de conexiones de una farola daba paso, absurdamente, a un vestíbulo de estilo Luis XIV, mientras Mortadelo se sacudía la levita de telarañas con un cepillo. Entradas secretas, pasadizos y habitaciones escondidas. Por una razón o por otra, ninguna película de aventuras que se precie, carece de éstos elementos, y se unen al grupo: cuadros con agujeros en los ojos y búnkers de aislamiento radioactivo (especial mención a mi compañero Ángel y a su artículo sobre el pánico nuclear inculcado).

Maxwell Smart

Cualquier parecido con la realidad era mera coincidencia, por lo que un niño de los 80 —y me gusta pensar que cualquier niño actual— se las arreglaba para crear un lugar escondido, oculto entre unos matorrales, que llevaba a una especie de cabaña de cartón y maderas donde esconder alguna revistilla porno y fumar a escondidas. Quedaban lejos aquellas casas del árbol tan tradicionalmente americanas. Se trataba de crear un refugio, algo que, aparentemente era exclusivo, alejado de la mirada de los adultos. Un islote de inocencia trasnochada en mitad de las ciudades crecientes de finales del siglo pasado.

Una Batcueva del extrarradio, un Templo Maldito en el solar de al lado, la cueva de Copperpot —¡Dayos zegadores!— escondida bajo un montón de palets de obra. Una separación angosta entre dos naves industriales podía ser, perfectamente, el camino hacia la tumba de Tutankamon. El descansillo de la puerta de la azotea era un campanario abandonado. Y tanta imaginación utilizada en convertir un lugar común en una Fortaleza de la Soledad. Quizás no para estar solo, pero sí para que te protegiera del exterior.

Siempre he pensado que toda esa búsqueda del camino que no nos es mostrado y que debemos buscar, para llegar a un sitio acogedor e íntimo, es debido a que los guionistas de Hollywood nos lo han inculcado con tantas estanterías que se abren y tantas piedras giratorias. Pero recapacitando, llego a la conclusión de que esa es la manera que han tenido ellos de crear sus guaridas, las han recreado como las han visto en su mente. Seguro que algún psicólogo dirá que está relacionado con la estancia en el útero materno y el canal del parto. Todo simboliza un trayecto imposible de recorrer a la inversa para volver a la seguridad. Me lo invento, ojo, que no sé de psicología, pero es un comportamiento digno de estudio.

Como todo en esta vida, siempre hay quien hace negocio con nuestras filias y nuestras fobias. Ya sea por necesidad o por simple capricho, hay empresas que llevan a cabo nuestros —al menos los míos— más profundos sueños. Sólo hay que echarle un vistazo a la web de Creative Home Engineering, para flipar en colores con la entrada a un despacho por unas escaleras levadizas. Incluso en España existen especialistas en montar casas en árboles al más puro estilo Bart Simpson: casitasenarboles.com

Refugios y enclaves que significan mucho más que un lugar, son espacios en la mente.

Foto de Fun Houses
Foto de Fun Houses

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