¿Cómo se miden las ganas?

Los martes son peores que los lunes porque la nostalgia no está justificada. Es como cuando llega ese delicado momento en el que sientes que tu cuerpo ha dicho basta; no te queda fuerza en el interior y ves cómo se acerca el fin de tu existencia, pero el termómetro no llega a los 37 grados de temperatura, por lo cual, tu malestar no existe, al menos no para el resto, ya que no estás oficialmente enfermo.

Marcamos metas, delgadas líneas con las que trazamos la frontera de las sensaciones, datos fríos que justifican de un modo técnico y frío todo lo que nos sucede. Así es complicado saber si estamos enamorados, es una obsesión o si ambas cosas son lo mismo. Mi hija pequeña afirma que me quiere “así”, mientras abre los brazos como un Cristo recién clavado. Por el color morado en el que se torna su inocente rostro, puedo afirmar que realmente se esfuerza en quererme. Para una pequeña de 3 años, esa distancia, entre manita y manita, es el tramo más largo posible en una persona. Con el tiempo, descubrirá que se puede querer sin hacer esfuerzos; por ejemplo, hasta la luna y vuelta.

Mi pareja mide las distancias de un modo bastante peculiar. Para ella, los dos centímetros que nos separan en la cama, son un mundo. Supongo que por eso me mira como si fuese un extraterrestre cuando le digo que necesito mi espacio para quedarme dormido. “Aprovecha y baja la luna a tu hija, así no se hace tantos paseos” comenta antes de girarse, como quien da un portazo y taconea por el descansillo hasta desaparecer para siempre. Las ganas es algo que tampoco sabemos calcular con exactitud.

El amor se puede medir en distancia, cuanto más lejos, más sentimiento, sin embargo, cuanto más cerca ¿más desamor? Supongo que esa es la razón por la que se molesta cuando apenas nos separan dos centímetros en la cama. Realmente, malinterpretamos las expresiones que nos hablan de un modo subliminal sobre las emociones. Pero volvamos a lo que comentábamos, las ganas. Particularmente, soy de los que piensan que las ganas se miden en fuerza. Es complejo, porque la fuerza tampoco tenemos muy claro cómo la debemos medir. No obstante, cuando cuestiono las ganas visualizo una máquina de feria, de esas que tienen un martillo gigante encadenado en su parte inferior, con el cual debemos golpear la base.

Según las ganas que usemos al golpear, las bombillas de colores, que suben hasta el cielo, se irán iluminando al ritmo de una campanilla que acompaña cada parpadeo. Las ganas iluminan el camino hasta la luna. De todos modos, hay sensaciones que se miden fácilmente. Un bostezo denota aburrimiento. Un ronquido, sueño. Una sonrisa, alegría y una canción, ganas de vivir. Hubo un tiempo en el que medía todo en canciones. Era joven, aún pensaba que el mundo giraba cual vinilo en un tocadiscos, y que cada uno trazábamos con una aguja, mediante nuestros actos, la canción que debía sonar. Si, de pequeño ya apuntaba maneras. Más tarde supe que eso era poesía, y quise medirla, como el resto de sensaciones que te hacen sentir vivo. Finalmente, alguien me comentó que la poesía se medía en versos. Pero esa respuesta, no era poesía.

Los martes son peores que los lunes porque la nostalgia no está justificada. No hay nada peor que padecer a ciegas. Como quien desconoce la gravedad de las cosas que dan igual. Intentar medirlo todo es una medida desmedida que nos deja a medias. Ya no se puede sufrir a gusto, siempre habrá alguien que lo esté pasando peor y eso me produce envidia, de aquí a Marte. Quizá eche en falta las caricias de mi madre, cuando deliraba con 36 de fiebre. Sé que eso no es fiebre, ella también lo sabía, pero antes la vida se vivía mejor, no teníamos que demostrar nada a nadie. Quizá nada tenga sentido y debamos olvidar el empeño por clasificar las cosas que no se pueden contar.

Digamos que la vida, mejor vivirla sin medida.