Señor Presidente

El mundo se va al carajo.

Aquí hemos votado mal, en Estados Unidos han votado mal y en Francia, por poner un ejemplo cercano, ya hay agonías que dicen que también lo harán. Por supuesto que esta valoración es completamente subjetiva y, además, de haber sido otros los resultados, el sentir general sería exactamente el mismo: mal.

Desconozco cuál es la mejor opción, pero sí sé que hoy quiero romper una lanza a favor de las personas que asumen el marrón de gestionar lo que sea, lo mismo me da un país que el monedero donde se guarda el bote comunitario cuando te vas de fin de semana a una casa rural.

(Entra una niebla que sirve de excusa perfecta para hacer una elipsis espacio-temporal)

Primavera de 1999, el siglo XX agonizaba.
Ya casi nadie tenía la esperanza de entrar en la nueva era a lomos de su platillo volante utilitario y mucho menos de hacerlo vestido de papel Albal.
Aunque no todo era decepción y desengaño. Al menos no en mi casa.
¿Por qué? Porque éramos poderosos, importantes e influyentes.
¡¿Qué por qué?! Pues porque A MIS PADRES LES TOCÓ SER PRESIDENTES DE LA MANCOMUNIDAD DE VECINOS.

Tenían las llaves de la caldera, de las azoteas, los de Campsa nos regalaban camisetas promocionales cuando venían a llenar el depósito y que Telecinco se viese con nieve o no también dependía de ellos.

Pero como dijo Ben Parker: “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”.
Y es por eso que cualquiera al que se le rompía alguna tripa venía a dar la tabarra. Que si “mi marido no puede ver el fútbol” (¡que pague el Canal+, coño, y déjennos hacer cosas de presidentes en paz!), que si “me ha salido una gotera”, que si “mi niño no me come”, que si “mi niño no me caga”… Problemas del pueblo llano, ya sabéis.

Y así, poco a poco, iba pasando la legislatura hasta que un día:

¡Ding, dong! ¡ding, dong! ¡ding, dong! ¡ding, dong! (timbre del piso presidencial pulsado muy a lo loco)

-¡Oh-Dios-mío! ¡Quemad la camiseta de Campsa, que nos pueden acusar de cohecho!

Una hoguera improvisada después, y haciendo acopio de valor, la Primera Dama abrió la puerta. Sorprendentemente, al otro lado no estaba la Policía, sino el jardinero. Un señor extremeño de unos cincuenta y tantos visiblemente alterado.

-¡La Virgen! ¡Qué nos han robado a la Virgen! ¡Ay, madre, que ya no está la Virgen!

-¿Qué ha pasado? ¿Quiere sentarse? ¿Un vaso de agua? –dijo con templanza la lideresa.

-¡La Virgen! ¡La Virgen! ¡Qué nos han robado a la Virgen!

Aún hoy me parece seguir escuchando las carcajadas del tipo que mangó la esculturilla de BLANCANIEVES que el anterior Presidente había colocado en el jardín comunitario

La Virgen.

Foto: Dani Bordas.