Sensibilidad sentida

Veo a mi sobrina, de tres años, triste, porque su mejor amiga le ha dicho que ya no quiere ser su amiga, y se me rompe el corazón. A una parte de mí le encanta que sea una niña sensible, pero a la otra le horroriza, porque sabe que le espera toda una vida de sufrimiento. Lo sé porque yo he estado ahí. Y sigo ahí, a pesar de los muchos e inútiles intentos por cruzar la línea y colocarme al otro lado, con los otros: en el lado de los sin (sin sentimientos ni empatía).

El mundo no está hecho para las personas sensibles. A pesar de necesitarlas como nunca, porque sólo quien es capaz de ponerse en el lugar de otra persona puede cambiar las cosas, el mundo es un territorio hostil para ellas.

Desde que te levantas hasta que te acuestas, recibes mensajes y alertas sobre lo malo y estúpido que es ser sensible: “No le des dinero a esa persona que pide en el metro; podría no ser verdad lo que te ha contado y gastárselo en drogas”; “No llores; los demás podrían formarse la idea de que eres débil y utilizarlo en tu contra”; “Tú es que de bueno que eres, eres tonto”; “No recicles, que no sirve para nada, porque luego termina todo mezclado en el mismo contenedor”; “No bajes el volumen de la tele; que se jodan los vecinos, que para eso estás en tu casa”.

La verdad es que una persona sensible tiene que sortear, a lo largo del día, muchas cosas que le hacen daño: vídeos crueles, noticias imposibles, comentarios increíbles, situaciones inverosímiles… A veces, al llegar a casa, te desplomas en el sofá, agotado.

¿Quién, en su sano juicio, querría ser sensible en un mundo como este? Nadie. El problema es que lo de ser sensible no se elige. Anda que si no, iba a estar yo aquí.

Que lo de ser sensible no es algo que se escoja lo empecé yo a sospechar desde muy pequeña, cuando escuchaba en las noticias que estábamos atravesando un periodo de sequía y miraba, siempre que podía, preocupadísima, el nivel de los embalses. “¿Y si nos quedamos sin agua? ¿Qué vamos a hacer?”. “Tú no te preocupes por esas cosas”. Como si fuera tan fácil; como si se pudiera elegir. Al final, aprendes a preocuparte, pero en silencio, sin decirle nada a nadie.

También, cuando la matona del colegio me cogió manía por ya ni sé el qué —y ella, seguramente, tampoco—, y toda mi preocupación era conseguir hablar con ella y aclarar el malentendido, sin éxito alguno, porque ella no quería escucharme. En ese momento, aprendí dos cosas: que ser sensible es una mierda y que los matones no tienen ningún interés en solucionar nada.

Ahora, echando la vista atrás, pienso que ojalá haya tenido hijos que le hayan ido llorando con algún problema de este tipo alguna vez. Porque las personas sensibles confiamos mucho en este tipo de justicia: la justicia retroactiva. Nos conforta pensar que, en algún momento, la vida le dará un tortazo a esos que nos han herido y caerán del guindo, diciendo “Me encantaría tener delante a Fulanito, para decirle que siento haberle herido hace años”. Pero esto nunca ocurre, porque el sensible nace; no se hace. Y el que es sensible lo es para toda la vida, por muchas capas de dureza que intentemos ponernos encima para asfixiar a la sensibilidad y por mucho frotar con jabón Lagarto para que se vaya.

Miro a mi sobrina, que está haciendo un puzle, ajena a todo, sin tener ni idea de lo que me está pasando por la cabeza, y me acuerdo de aquella niña preocupada por los incendios, por la sequía, porque en su barrio no había contenedores de reciclaje de papel. Ahora la niña es adulta y se preocupa por otras cosas, aunque en el fondo siguen siendo las mismas.

Miro a mi sobrina, que está canturreando, y admito que la sensibilidad tiene más cosas bonitas que feas. Todo aquello que alimenta el espíritu —la literatura; la música; la pintura; el cine—, que hace de este mundo un lugar menos inhóspito y que nos permite escapar de él cuando lo necesitamos, nace de la sensibilidad. Sin sensibilidad sólo nos queda oscuridad y frío.

Miro a mi sobrina, que sonríe, y veo a una pequeña vela, emitiendo luz, y comprendo que es a estas personitas sensibles a las que hay que cuidar, mimar y animar para que sigan luciendo, evitando que se apaguen. porque en sus manos está nuestro futuro y son ellos quienes tienen la capacidad de salvarnos.