Si escribes, ¿eres escritor?

Hugo escribe sobre la mesa de una cafetería con aroma a café americano. Las humeantes tazas de los que le rodean, sumidos en sus insignificantes tareas, sumerge aquel local en una densa niebla cargada de cafeína que les mantiene despiertos, tecleando como seres revolucionados. Leyendo como devoradores de historias e incluso hablando cual lírico charlatán. Todo tiene cierto encanto dentro de esa cristalera empañada. El trombón de Curtis Fuller ameniza el paso del tiempo que, fugaz, les separa de cualquier otra realidad. La vida sucede allí dentro, por un momento, son lo que quieren ser, sin necesidad de ofrecer mayores explicaciones. Nadie pone en entredicho las mentiras del resto porque allí todo es cierto. Pintores, escritores, anónimos entrenadores de clubes de primera o incluso de la selección nacional conviven con la cabeza bien alta, como quien comparte protagonismo en un cuadro renacentista.

Nora escribe sus pensamientos recostada sobre las escaleras de un portal donde se resguarda del temporal, del ruido de los coches y de la presencia de quienes vienen y van sin alojarse en su memoria. Cualquier ruido le distraería, por lo que prefiere ejercer allí, distante y en soledad, su enésimo intento de comenzar una novela que le convierta en escritora. Escribe, garabatea, arranca la página de su cuaderno y tras hacer una bola con sus líneas, la lanza sobre un paragüero que hace de papelera, o más bien, de canasta literaria. Lo suyo es el relato breve, pero siente que la suma de historias cortas no es una obra en sí. Que nadie quiere algo fugaz, que las genialidades breves no enganchan porque se devoran al momento y no dan más de sí, por lo que termina encestando cada uno de sus textos.

Hugo camina de vuelta a casa con la mente puesta en Anna. El local donde tecleaba su historia cerró y no tuvo más opción que recoger el portatil y dejar a medias la conversación que su personaje principal mantenía con su ex-marido. Hugo le daba vueltas, padecía cada opción, cada palabra, cada respuesta. Su rostro expresaba reacciones incómodas ante cada giro que su mente valoraba. La vida de esa mujer estaba en sus manos. Su presente, su futuro, incluso el pasado fue creado a su antojo. En ocasiones, uno juega a ser dios y construye su propio universo, cargado de imperfecciones y aspectos a medio forjar. Casi sin darse cuenta, Hugo llega al portal; saca las llaves, se gira dando la espalda a la puerta de entrada y dirige su mirada hacia el edificio de enfrente. No encuentra nada, pero siente que debe buscar con la mirada. “Es imposible que no haya una historia detrás de esa fría fachada” repite en su cabeza. Lo mismo sucede con las personas e incluso con las violentas hojas en blanco. Un folio a estrenar no es más que un espejo donde sólo nos vemos si nos buscamos. En ocasiones, ni eso. Y sucede que, cuando por fin nos encontramos, pasamos página y volvemos a enfrentarnos al mismo vacío.

Un ruido de llaves en la puerta alerta a Nora. Nerviosa, recoge los relatos sin encestar que, cual montaña de pipas amontonadas a los pies de un banco, cubren el suelo donde ha pasado las últimas dos horas. En el fondo sabe que cada una de sus pequeñas historias merecen la pena. Es el arrebato que padece cuando se enfrenta al sistema el que le invita, de un modo desesperado, a infravalorarse. No se siente escritora, a pesar de escribir. A pesar de hacerlo con una brillantez innata. La realidad habita en la buena voluntad de quien piensa por sí mismo. Aunque hay otra realidad, más plural, que es la que pone filtro a los logros. La que denomina la categoría de cada persona. La que dice lo que somos o no somos. Algo así como el boletín oficial de los logros verificados.

Hugo se dedica a una pasión que le atormenta. Cuenta con cinco novelas publicadas, dos de ellas han sido traducidas a más de seis idiomas. Absorto, avanza por el portal con la mente puesta en Anna, el personaje que no sabe hacia dónde dirigir. Se cruza con Nora, quien la mira desde una posición inferior, aunque no por mucho tiempo. Hugo se agacha y le ayuda a recoger cada una de sus notas. “Anna es la madre que busca un empleo con un horario acorde al de Bea, su pequeña de 5 años. Nunca se le ha pasado por la cabeza la idea de trabajar para pagar a alguien que se ocupe de su hija. No ve ningún sentido en ello”. Hugo lee esas líneas y acto seguido, agita su cabeza, como quien aterriza en la realidad, justo en el momento más tenso e incómodo, por lo que pide disculpas a Nora.

—Perdona, no he podido evitar leerlo- comenta con la página en la mano.

—Son tonterías, nada serio.- Una mueca surge en los labios de Nora.

—Es lo que buscaba. Nunca supe qué hacer con Anna, ¿Sabes? No imaginaba que fuese madre.

—¿La conoces? Quizá es otra Anna.

—Es ella, sin duda. ¿Te parece si te invito a tomar un té y me cuentas un poco sobre su vida?

—¿Un té?-Reacciona sin reaccionar.

—O un café…lo que prefieras. Donde quieras y cuando mejor te venga. No me malinterpretes…— Se sonroja, nunca supo tratar con personas de carne y hueso.

—Un té está bien.

Nora acepta la invitación de Hugo, de quien se despide tras intercambiar las coordenadas del lugar donde se reunirán para hablar de una “amiga en común”. Por primera vez siente que algo tiene sentido mientras recoge los papeles encestados en el paragüero.

Supongo que, en general, nos infravaloramos por puro perfeccionismo. Quizá por eso lo que escribimos nunca nos parece tan bueno como lo que leemos. En ocasiones necesitamos que un amigo, o alguien a quien admiramos, acuda a tasar nuestras historias. Otras tantas, es suficiente con que lo haga un desconocido. Normalmente, valoramos más lo que escuchamos, que lo que decimos.