Por qué sigo viendo The Walking Dead

La culpa de todo esto la tiene Michael Jackson. Tenía apenas cinco años cuando vi por primera vez el videoclip de Thriller. Me acuerdo que al finalizar huí aterrorizado y me encerré en la cocina, temiendo que en cualquier momento llegaran los zombies a comerme. Cosa que, obviamente, no ocurrió porque estoy aquí escribiendo esto, en vez de estar persiguiendo gente para comerme sus cerebros.

Ahí empezó mi afición al género de los zombies. Y claro, cuando hace ya siete años anunciaron que iba a comenzar la serie The Walking Dead me llevé la alegría de mi vida.

Frank Darabont, director de la magnífica La Niebla, fue el elegido para ocuparse del capítulo piloto y resultó ser canela fina; un total y absoluto regalo de principio a fin para los amantes del género.

Pero claro, no todo es cómo empieza y terminada la fase de enamoramiento, comenzaron las discusiones conyugales.

Mi relación con esta serie es como ese viejo matrimonio que lleva junto más tiempo del que puede recordar, en el que cada vez que el hombre termina de ducharse, deja colgado el gallumbo sucio en el pomo de la puerta y la mujer tras reñirle siempre piensa: “Ya cambiará”.

Con The Walking Dead me ocurre lo mismo. Llevo siete años aguantando sus cosas con la ilusión de que mi ya cambiará” se hará real algún día… pero el gallumbo sucio sigue colgando, desafiante, del pomo de la puerta del baño temporada tras temporada…

Me pasa como a Al Bundy en la brillante serie Matrimonio con hijos. Los dos estamos atrapados en una relación estancada, insulsa, aburrida… pero en el fondo, él necesita a Peg y yo necesito a esta gente. Gente que me importa un carajo lo que les pase, porque después de tantas temporadas la verdad es que no conozco nada de sus vidas ergo si se los come un castor zombie, pues no me va a quitar el sueño. Todo sea dicho.

Pero si hay alguien en este planeta que odia con toda su alma a The Walking Dead, ese es el presidente de los congelados La Cocinera. Las únicas personas que dominan mejor que ellos el noble arte del relleno son los guionistas de The Walking Dead. Si son capaces de rellenar media temporada con aire, imagínate las croquetas y empanadillas caseras que podrían llegar a inventar. Sería el fin para “La Cocinera”. Y lo saben.

Capítulos y capítulos en los que no pasa nada, simplemente caminan y caminan, hablan (pero poquito no vaya a ser que pierdan el paso) y siguen caminando. De vez en cuando hay algo de acción, pero es sólo para descansar los pies de tanto pateo.

Los guionistas parece que o no saben qué hacer, son lerdos o están usando la ancestral técnica de “ya si eso, recojo el cuarto mañana, mami” que todos hemos utilizado de adolescentes.

Esta técnica se basa en que tu “yo” de mañana se ocupará del problema, porque tu “yo” de ahora está rascándose las pelotillas a manos llenas. Y así llevan siete años trabajando y cobrando un pastón. Best work ever.

En esta última temporada han vuelto a tratar de centrarse en algo. Han sacado las manos de las profundidades de su ropa interior y han decidido currar, pero sólo en dos capítulos.

Algunas series necesitan de un buen malo para avanzar, algo así como una especie de palo con una zanahoria que usas para que el perezoso burro camine. Tras los intentos de Shane o del Gobernador, llega una nueva y cruel zanahoria llamada Negan.

Su debut, el 7×1, es una monstruosidad de capítulo. Las cosas como son. Pero tras ese subidón, hemos vuelto a lo de siempre: relleno de croquetas para todos, hasta el capítulo de la mid season en el que Negan recuerda que es un genial bastardo y salva el partido.

The Walking Dead no es una serie de zombies, es directamente un zombie: camina lenta y torpemente sin rumbo fijo, con diálogos que parecen gruñidos y a veces, sólo a veces, trata de morder pero no para comernos, si no para evitar que nos entre el sueño y cambiemos a Telecinco para volvernos más mongers que los propios zombies.

Lo peor de todo, es que cuando la serie regrese en enero allí estaremos todos para verla, porque ya sabéis que de Wayward Pines no se puede salir… y de aquí tampoco.