De aquello que sólo pasa una vez en la vida

Corre el año 1969. Fernando Arbex, Iñaki Egaña y Óscar Lasprilla están hartos. Aburridos de un panorama musical anquilosado en Massiel o Jesús y su Acordeón. Ellos ya conocen bien la maquinaría de la factoría musical nacional. ¿Qué digo conocer? Formaban parte de nada más y nada menos que Los Brincos. Pero aun así están cansados, vaya usted a saber por qué. No ocurriéndoseles mejor cruzada, ahí los ven con las guitarras bajo el brazo, llamando a la puerta de los estudios Celada de Madrid. Con la intención de grabar el que será uno de los más extraordinarios y desafortunados discos de principios de los setenta. Ya sabe que la transgresión, si llega, lo hace mal, o como en este caso, temprano para los oídos agasajados por la lírica de la copla y el romanticismo de Linares. ¿Que de quién hablamos? Del mismísimo Alacrán.

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