Tecnologías comunicativas

Tengo la sensación de que, cuanto más avanza la tecnología en las comunicaciones, más lejos estamos los unos de los otros. Hace años, antes del boom de la telefonía móvil, bastaba una llamada para quedar con quien nos apeteciera. Un simple paseo hasta su portal, llamar al telefonillo y esperar respuesta. Ahora, basta un simple whatsapp con la hora y el lugar. Reconozco que es útil. Demasiado útil. Pero no tiene magia, ni encanto. Quizá para la new generation sí, porque es lo que han mamado.

Recuerdo también que los parques estaban llenos de vida, de muchachada adolescente jugando al fútbol, al baloncesto, patinando… Y ahora, caminan sumergidos en cinco pulgadas, nadan en mares de megapíxeles y vuelan con tarifas de datos. Puedes conocer a alguien desde hace doce años y no saber de qué color son sus ojos.

Tomar un café, en buena compañía, suponía una cita estimulante, en la que contar cómo te había ido la semana , el año, la vida. Suponía recordar anécdotas, revisionar recuerdos sin tener que recurrir a Facebook y a su álbum de fotos.

Yo admito mi adicción a las redes sociales y a todo aquello que nos acerca. Información casi al instante, en un mundo en el que es necesario saber. Gente que merece la pena y que hay que descubrir.

Pero también la tecnología comunicativa nos ha acercado a personas con las que habíamos perdido el contacto. Esas personas que en el colegio jugaban contigo a las chapas, a las canicas y todos esos entretenimientos, tan lejanos en la memoria.

Si algún día, toda la tecnología dejara de funcionar, casi seguro que nosotros lo haríamos con ella. Y no es bueno olvidar lo que hemos sido, ni cómo hemos llegado hasta aquí. Lo que es bueno recordar es que, hace poco tiempo, los besos y los te quiero, se miraban a los ojos.