Todos y todas

—Buenas tardes a todos. Hoy tengo el honor de estar aquí… Veo una mano levantada en la primera fila. Las preguntas las responderé al final.

—No es una pregunta.

—Pues dígame.

—Querrá usted decir «Buenas tardes a todos y a todas», ¿no?

—Como decía —prosigue el ponente, ignorando la observación, después de resoplar—, estoy aquí porque los profesores de esta universidad…

—Y las profesoras.

—¿Qué?

—«Profesores y profesoras». O también podría usted haber utilizado la palabra «profesorado», que engloba a los dos sexos.

El ponente apila los papeles que tiene sobre el atril y, sin mediar palabra, abandona la sala.

—¡Qué maleducado y qué machista!

Hasta hace no mucho, yo tenía la absurda idea de que el lenguaje había surgido para entendernos. Me imaginaba a los primeros hombres («y mujeres») del mundo haciendo uso del lenguaje oral para decirse: «Pero vamos a ver; ¡si es mucho más fácil hablar las cosas!».

Pero resulta que no. Yo estaba equivocada. El lenguaje no sirve para entenderse, porque cuanto más complicado sea este, mejor visto está.

Así que escogemos «AMPA» para referirnos a las asociaciones de padres («y madres») de los centros escolares; una palabra que suena igual que «hampa» —conjunto de los maleantes, especialmente de los organizados en bandas y con normas de conducta particulares— y que me hace dar un respingo cada vez que la escucho. La verdad es que me sorprende que en este mundo de censuras y ofensas nadie la haya prohibido aún.

—¿Tan malo era decir «APA»?

—Sí, porque no se incluía al colectivo de madres.

—Pues el Diccionario de la lengua española, en la novena acepción de la palabra «padre», dice que, en plural, es padre y madre de una persona o un animal.

—¡Qué sabrán esos carcas machistas!

Resulta que yo estaba equivocada y que el lenguaje no sirve para entenderse; sirve para cosas mucho más importantes, como alargar los discursos y que al tercer elemento desdoblado de una larga ristra —«Estimados y estimadas vecinos y vecinas del barrio. Estamos todos y todas aquí para hablar sobre el futuro de nuestros niños y nuestras niñas…»— entremos en modo hibernación y ya no sepamos de qué está hablando nuestro interlocutor («o nuestra interlocutora»).

A esas alturas de la intervención, es complicado saber si esa persona quiere vendernos una tonelada de fruta de temporada o proponer la reforma de una ley. De hecho, yo me he puesto a comprobar si decía el masculino y el femenino de cada palabra correctamente, así que no me he enterado de nada del mensaje. Pero lo importante es que lo diga bien, para que se respeten nuestros derechos; y sí, lo ha dicho bien. Podría haber acabado cinco minutos antes, si no hubiera tenido que desdoblar cada término, pero lo ha dicho bien. Otra batalla ganada. Guardemos las armas por hoy. Ya podemos descansar todos y todas tranquilos y tranquilas. Total, del mensaje ya me enteraré por los periódicos.

—¿De verdad tengo que hablar así? Yo es que creo que lo realmente importante son el mensaje y la rapidez en transmitirlo, que para eso vivimos en la sociedad de la información. Creo que deberíamos obviar algunas cosas, porque todos sabemos de qué estamos hablando…

—Desde luego, con personas como tú, no terminaremos nunca con el patriarcado: «todos y todas», «todxs» o «todes» es lo correcto. No es tan complicado.

Se les iba la vida en coger las palabras con pinzas,

retorciendo argumentos hasta hacer de ellos una parodia

y apropiándose del lenguaje

para hacer del detalle menos importante

el centro de la lucha.

Eso espero que ponga en el epitafio de nuestra sociedad.

Me imagino a nuestros antepasados tirándose de los pelos y diciendo: «¿Y para esto empezamos nosotros a hablar? Si lo llegamos a saber, nos quedamos callados».