Un poco de prehistoria

—Hola, me llamo Lhya y estoy enganchada al chat.

—Hola, Lhya. Bienvenida a Chateros Anónimos.

Así podría haber empezado una de esas reuniones a las que no habría estado mal asistir allá por 1998.

“Mira qué cosa más chula”, debió de decirme un día alguien en el aula de informática de la facultad. “Se llama chat. Es un lugar en el que podemos hablar entre nosotros. Y también puedes hablar con gente que no conoces, de cualquier parte del mundo”. “¿Con personas desconocidas?”. “Sí. Hay muchas salas para hablar del tema que quieras: cine, música, política… Y si te apetece, puedes hablar con alguien en privado. Pero antes tienes que escoger un nick, que será por lo que te conocerá la gente”. “¿Un qué?”. “Un apodo, un seudónimo”.

Para mí, que esperaba días y días a que alguno de mis amigos en la distancia respondieran mis cartas, aquello era magia. Después de dedicar un rato a la elección de nick, las horas delante de la pantalla se sucedieron sin darme apenas cuenta.

Primero, chateaba en el aula de informática de la facultad; después, cuando los responsables vieron que aquello se nos iba de las manos, porque en lugar de ir a clase nos quedábamos allí todo el día, y decidieron restringir el uso de los ordenadores a una hora por persona, chateaba en casa, con aquel módem —primera palabra moderna, de las muchas que vendrían después, que admitió la Real Academia Española y que me dejó en shock— que advertía a todo el vecindario de que te estabas conectando a internet: “Alerta. Alerta. Alguien está iniciando la conexión. Atención a todas las unidades”.

Después de muchos ratos de charla, una amiga y yo decidimos quedar con un chico que nos había caído en gracia y sus amigos. Le pedimos el teléfono y le llamamos desde la cabina del vestíbulo principal de la facultad. Entre risas y tonterías, acordamos sitio, hora y vestimenta para vernos: El Bar de Sánchez, de Alonso Martínez, el viernes, a eso de las once de la noche; él llevaría unos guantes en la mano; nosotras, camisas blanca y azul.

—Pues tiene una voz muy bonita.

—¡Sí! ¡Qué nervios!

—¡Sí!

A las doce menos cuarto de la noche del viernes todavía no había aparecido por aquel bar nadie que tuviera una voz bonita y unos guantes en la mano. Fue entonces cuando empezamos a asumir que nos habían dado plantón y nos batimos en retirada, apestando a tabaco y a desolación, y fuimos caminando hasta la casa de mi amiga. Nos quedamos dormidas, después de escuchar Mi amiga mala suerte de Los Secretos, muchas veces, y de sentirnos tremendamente desgraciadas.

El lunes, ofendidas y heridas en nuestro orgullo, leímos las explicaciones que nuestro desconocido internauta nos daba: “Tardamos muchísimo en encontrar aparcamiento. Cuando llegamos, hicimos que os avisaran por la megafonía del bar, pero ya no estabais”. Nos miramos la una a la otra, poniendo morritos y elevando las cejas. “Pues bueno. Pues vale. Pues ya quedaremos otro día”.

Pero los amores de chat son efímeros y unos días más tarde mi amiga y yo nos acordábamos poco o nada ya de este chico. Una mañana, mientras chateábamos en el aula de informática, el del plantón y los guantes apareció en escena.

—Otra vez el plasta este —dijo mi amiga en voz bien alta—. Qué pesao. Que nos dejes en paz. “Sí. Hola —tecleó ella—. Qué tal. Nosotras, bien. Un poco liadas. Estamos haciendo un trabajo. No, no podemos quedar este viernes”. Ni ningún otro. Madre mía, qué insistencia. Hala, que te pires.

Tras unos minutos de risotadas y bromas entre nosotras, en los que apenas hicimos caso al muchacho, él soltó la bomba. “Estoy aquí”, escribió. Un segundo después de que el mensaje apareciera en nuestras pantallas, un chico, unos años mayor que nosotras, nos saludó desde el fondo de la sala.

Después de despedirnos en la puerta de la facultad, tras intercambiar un puñado de frases incómodas, él se metió en su coche y se marchó. Tenía una voz bonita, sí… Pero yo subí corriendo al aula de informática y me cambié el nick.