Vainilla caliente

Entré en su casa. No pude resistirme. Mis ansias competían contra una puerta entre abierta, por lo cual nada me impedía entrar. Parecía que el destino me invitaba con los brazos abiertos a pasar; que me esperaba con una Coca-Cola Light bien fresquita con una rodajita de limón sobre hielos. Mi álter ego me ponía en la frente un semáforo de aspas rojas, pero el pícaro que llevo por dentro cambió el símbolo por una flecha verde. No había peaje. Nadie estaba allí para pararme los pies. Estaba dentro. Ya no podía echarme atrás, cuando empezaba algo tenía que terminarlo y era la primera vez que al pasar por su casa: veía la puerta abierta.

Aproveché la oportunidad. Me desplacé muy lentamente por el recibidor teniendo máximo cuidado con el perchero que había a mi izquierda y la lámpara de suelo de mi derecha. Conseguí llegar con sigilo al salón. Por poco suena la alarma de intruso cuando casi piso la cola de la bola de pelo que tiene por gato; creo recordar que se llamaba Missi. Total, que después de esquivar al felino llegué a un pasillo rodeado de dos puertas. Mi imaginación —compuesta por múltiples series— me dijo que una habitación debía de ser el cuarto de baño, y por ello, la otra: su dormitorio. Sin embargo, no tuve que arriesgarme a abrir una de las dos trampillas. No hizo falta. Una de ellas estaba entreabierta. Pensé que el destino estaba de mi lado esa noche. ¡Oh, bendita mi suerte! Lo tenía todo preparado para mí. No hizo falta que tocara nada, por lo menos hasta ahora.

Vi como una luz caliente y recta asomaba por la hendidura de esa puerta. Ella debía de estar ahí. Y yo quería verlo. Estaba ahí para verlo. ¿Qué estaría haciendo? Toda la casa a oscuras menos esa habitación. Mi instinto me decía que no estaría sola. No obstante, yo seguí adelante. Disimuladamente me acerqué a esa luz etérea, parecía que estaba a punto de contemplar a una diosa. Y estaba en lo cierto. Cuando llegué a vislumbrar una pierna me aproximé más todavía a la pequeña porción de luz vainilla. No solo vi sus largas piernas. Estaba despojada de cualquier atuendo; su cuerpo solo rozaba la manta sobre la que su voluptuoso cuerpo estaba apoyado. Arrimé también el oído, podía escuchar cómo tenía una respiración entrecortada, gemía en cortos periodos.

Empecé a excitarme. No resistí tal espectáculo. Verla de esa manera era como ver una película pornográfica en directo, pero yo quise entrar en acción; formar parte del reparto vicioso y erótico. Me negaba a que solo yo tocase mi miembro esa noche. Quería que ella lo succionara; o más bien que yo pudiera lamerle todo el circuito exótico que tenía por cuerpo; solo le faltaban las conchas sobre los pechos para que fuera mi sirena. Aunque aun así ya me tenía embelesado por sus movimientos. No era un cuerpo perfecto, ¿pero desde cuándo existe tal canon? Sus pechos parecían colinas puntiagudas y su cadera parecía moldeada por un artesano de alfarería. ¿Qué hacía allí sola? Estaba excitándose… ¿Por qué dejaría la puerta entre abierta? Quizás esperaba a alguien ¿A mí? Lo dudo. Me saluda por la calle, pero ni si quiera sabe cómo me llamo.

Un momento. Empecé a sentir cómo alguien empezaba a palpar mi erección. No se trataba de ella. Mis ojos seguían contemplando su bello cuerpo. ¿Quién estaba tocándome? ¿Era mi imaginación? No. También sentí como una lengua viperina y húmeda empezaba a rozarme lentamente desde el cuello a la oreja; un escalofrío se apoderó de mí. A ratos estaba frío por lo desconocido y caliente por la sensación que me producía. No quería que terminara ahí. Podría haber acabado con esas ingeniosas manos… pero no, quería más. La persona que tenía detrás de mí, a oscuras, empezó a quitarme la camiseta y luego continuó masajeándome el miembro. Más tarde bajó más su mano izquierda mientras no cesaba su recorrido húmedo por mi oreja.

Comencé a notar cómo sus pezones punzantes me astillaban en la espalda. Quise pellizcárselos, me di la vuelta y pude contemplarla. Ella, otra, sin conocerla de nada, también estaba desnuda. Imaginé que mi diosa la esperaba, que ella era la invitada a la fiesta y que yo simplemente era un turista bienvenido. Cruzamos miradas y me aceptó con una sonrisa pícara. Ambos nos fundimos en caricias, besos interminables y movimientos de lo más exóticos.  Si bien quería que la chica que contemplaba tras la puerta me diseccionara el miembro, la que empezó a jugar conmigo resolvió todos mis deseos. Sentí que estaba en un paraíso del sexo. Me tumbé en el suelo; sin darme cuenta mi propia cabeza abrió la puerta del dormitorio donde se encontraba la otra mujer excitada. Ella abrió bien los ojos. Sonrió y examinó detenidamente nuestros cuerpos desnudos. La idea de formar un trío la excitó aún más y se aproximó hacia nosotros gateando muy despacio, dejando que sus pechos se balancearan.

Los tres comenzamos a hacer prácticas de lo más saludables. Intercambiábamos posiciones, nadie se quedaba fuera. Las chicas estaban de lo más juguetonas y yo, que inicié el juego siendo un voyeur, di gracias a los dioses porque me aceptaran en su deleite sexual. Era tan erótico lo que estaba presenciando que tardé poco en explotar. Parecía que estaban en una noche lluviosa donde ellas estaban sedientas.

Después de terminar de vestirme, ellas seguían desnudas. Parece que aún querían más. Intenté incorporarme de nuevo en su juego; pero no me dejaron espacio. Parecía que ya no querían juguetitos. Después de haber pasado una experiencia así, mejor no estropearla. Las dejé allí mientras una saboreaba el jugo de la otra. Finalmente me fui de aquella casa cerrando la puerta y todavía con el miembro erecto.