Vecinos

En las mudanzas se hace limpieza de trastos y de vecinos. En esta última he dejado atrás un sofá y el idilio secreto entre mi vecina de arriba —La Tacones— y mi vecino de enfrente —El Guapito—, sin que La Médica, la mujer de El Guapito, supiera nada. O eso me imaginaba yo.

Me he quedado con las ganas de saber cómo continuaba la historia que me iban contando, a trozos, unas paredes demasiado finas y la falsa sensación de intimidad y confianza que te da el cerrar la puerta de tu casa y pensar que allí estás a salvo de todo.

Que las paredes hablan y que a tus vecinos los terminas conociendo como a ti mismo son dos verdades como un templo. Sabes a qué hora se levantan, cómo tosen, cuándo se duchan y si desafinan al cantar. A cambio, ellos conocen el tono de tu móvil, saben que te gusta ver las series en versión original, que roncas —perdón, que respiras fuerte—, que recibes muchos paquetes de Amazon y que te gusta pedir comida a domicilio.

Le damos poca importancia a esas personas con las que compartimos tabique y más cachitos de vida de los que somos conscientes y nos gustaría. Y quizá no está tan mal no ser demasiado consciente de ello, porque no todos estamos preparados para pensar que mientras lloramos desconsoladamente, el vecino está tirando del rollo del papel higiénico, plenamente satisfecho, justo encima de tu cabeza.

En la anterior mudanza, cuando me marché de casa de mis padres, además de dejar muchas cosas materiales —mamá, puedes pegarle fuego a los apuntes cuando quieras—, dejé a los que, todavía hoy, sigo considerando mis auténticos vecinos, aunque muchos de ellos no me reconozcan, porque me he dejado flequillo y porque ya no vivo allí desde hace mucho.

Allí también dejé las advertencias de mis padres de que no corriéramos dentro de casa, porque molestábamos a los vecinos de abajo. Ojalá todos los vecinos de arriba del mundo hubieran tenido unos padres como los míos.

Dejé las carreras, los saltos, las charlas y los besos en el portal, que sabía que acabarían llegando a los oídos de mis padres, porque los besos viajan más rápido que la luz y porque los vecinos han venido a este mundo para desempeñar una misión y han de cumplir con ella, so pena de que ocurra una catástrofe y se termine la vida tal y como la conocemos: cotillear.

Dejé aquella Navidad en la que nos debió de poseer eso que llaman espíritu navideño y unas amigas —vecinas del 2º D— y yo decidimos hacerles un regalo a todos los del bloque, y metimos un sobrecito, con unas palabras escritas y alguna cosa pequeña que tuviéramos en casa, en todos y cada uno de los buzones. No sé si alguna vez supieron quién les había dejado una ranita de la suerte, un poco descascarillada y descolorida, en el buzón, porque nunca hubo un agradecimiento público, pero a nosotras nos bastó con ese ratito de risas.

Allí se quedaron esas hojas pegadas en una de las puertas del portal, portadoras de malas noticias, porque nada más verlas sabías que algo malo había pasado y que, desde ese momento, había que contar con un vecino menos. Todavía hoy, al entrar, se me van allí los ojos, aunque cada vez van quedando menos vecinos de los de siempre y van siendo sustituidos por otros que ni conozco ni llegaré a conocer.

Ahora, a pesar de que no sé quiénes son la mayoría de mis vecinos y de que estaba centrada escribiendo estas líneas, sé que la vecina de abajo se ha caído y que se la acaba de llevar una ambulancia al hospital. Por mucho que uno quiera y lo intente, no se puede escapar de los vecinos.

Espero que la señora Luisa se mejore y vuelva pronto, que ya sabe que yo, desde bien pequeñita, levito, y por eso no hago ruido al caminar; que puede recuperarse tranquilamente en casa.