Vida y obra del mando a distancia

Los mandos a distancia han funcionado de toda la vida pulsando el botón tan fuerte como pilas le quedaban. Si las pilas son nuevas, se pulsa lo justo —en el 88, tener pilas nuevas era lo más cercano a tener algo táctil en casa—. “Mira, mira, casi sin rozar y cambia de canal”; si las pilas están gastadas, se pulsa fuerte, como dándole fuelle a la señal infrarroja. Insuflando un poco de movimiento al rayo que tiene que llegar a la tele: “Vamos (FLUS), venga (FLUS)”. 

Algún día habrá que hablar de mandos de televisores con batería, pero sin prisa, eh, que se centren en hacer las pantallas Ultra HD, 3D, 4K, sensarround, ‘olfativetron’ y demás, pero el mandito con pilas Hacendado. Los mandos con pilas de botón están prohibidos, eso es un invento del diablo.

Cuando era pequeño empezaron a haber mandos de todo tipo, incluso de esos que tenían los botones planos. Daban una falsa sensación de modernidad, pero no los podías hundir, y claro, eso era un gran inconveniente. Al español medio le gusta hundir los botones cuando las cosas no funcionan como deben. Al final acababan abollados porque tu padre le había clavado algún objeto punzante, para pulsarlo más. Siempre intentar convertir unas propiedades electrónicas en mecánicas, y todo por las dichosas pilas.

Lo efectivo, cuando no funciona el mando a distancia, es abrir la tapa de las pilas. Como el que abre el capó del coche, mirar y volver a cerrar. Si acaso, ¡girar las pilas sobre su eje! Superútil, sí. Y por supuesto, los dos golpes de rigor sobre la palma de la mano, cascando nueces catódicas. Los golpes al mando no han pasado de moda, y lo malo es que funciona, es una técnica que va más allá de la tecnología; como la de decir “este trasto va a haber que cambiarlo porque ya no funciona”, ¡y empieza a funcionar! El cabrón se ha enterado y dice: “A mí no me cambias que todavía estoy bien, ¿ves?” Inexplicable.

Antes de este maravilloso invento, los golpes se los llevaba el hermano pequeño de la casa en la nuca: “(PLAS) Niño, cambia de canal”; “¿Pero por qué me pegas si funciono bien?” Además, o te pongo TVE1 o TVE2. Menos mal, no me quiero ni imaginar al chiquitín de la casa con 80 canales de TDT y teniendo que cambiar a mano. Con la colleja más pelada que el ‘toto’ de una Barbie y los gemelos como los de CR7 de levantarse 459 veces, del sofá, al día. Yo fui hermano pequeño, por cierto. Nunca se me gastan las pilas.

El mando ha evolucionado hasta tal punto que es el móvil el que ejerce como tal, con Chromecast, por ejemplo, o con otras aplicaciones. Los ratones los sustituyen también porque cada vez hay más ordenadores conectados al televisor; o los mandos de la Play y la Xbox para conectarse a cualquier servicio de vídeo bajo demanda. Pero hubo un tiempo que no, que el mando era único y trino (encender, programa y volumen), y sólo el reloj-mando vino a perturbar la paz. Su única utilidad era la de cambiar el televisor durante una clase, en la que un profesor desganado metía una cinta de cassette en la ranura y podía despreocuparse durante una hora de sus alumnos. No tenía otra utilidad, porque si cambiabas en tu casa para hacer la gracia, te llevabas una buena torta. Siempre se lo compraba el tonto de la clase falto de carisma, el que requería atención, y conseguía su día y medio de fama.

¿Quién me hubiera dicho a mí, cuando recibía collejas para cambiar, que hoy tendríamos dos mandos? El futuro era esto, una tele de última generación con dos mandos, el de la tele propiamente dicho y el del descodificador de Orange / Ono / Movistar / loquesea. El futuro, amigos, un mando para subir y bajar el volumen y otro para cambiar de canal del paquete básico. El mando, qué gran amigo. CLICK.